Queridos diocesanos:

El 6 de agosto de 1978 moría el Papa Pablo VI hace treinta y siete años en el Palacio Apostólico de Castelgandolfo. Nacido en 1897 en Concesio (Brescia), ordenado sacerdote en 1920 y después de una carrera diplomática en la que desempeño diversos cargos al servicio del Papa y de la Sede Apostólica, gobernó la Iglesia universal de 1963 a 1978. El Papa Francisco lo beatificó el 19 de octubre de 2014 en la Plaza de San Pedro, en la misa de clausura de la III Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos.

En esta fiesta del Señor la Iglesia contempla el misterio de la divinidad de Jesucristo, revelación anticipada de la gloria del Resucitado a los apóstoles más íntimos del Señor. Pedro, Santiago y Juan tomaron parte en una experiencia extática de singular belleza, en la que contemplaron en Jesús al Hijo de Dios, atestiguado como aquel en quien se cumple la promesa de los profetas y la plenitud de la Ley. Los tres apóstoles vieron a Jesús nimbado de un brillo esplendoroso, flanqueado por Elías, el defensor del monoteísmo bíblico frente al paganismo politeísta; y por Moisés, el legislador del pueblo elegido y mediador de la primera Alianza, acontecida en el monte Sinaí.

La Iglesia nos traslada en esta fiesta desde el Sinaí, la montaña de las teofanías del Dios de Israel, donde Dios se reveló a Moisés y le entregó el Decálogo, a la montaña de la revelación de la divinidad del Señor, que la tradición ha identificado con el monte Tabor. Justamente en esta fiesta aconteció el tránsito a la vida eterna del gran Papa Pablo VI, de tan feliz memoria, el servidor fiel y prudente que Dios puso al frente de su Iglesia para conducir a buen puerto como timonel experto el II Concilio del Vaticano, que había puesto en marcha el santo Papa Juan XXIII, fallecido el 3 de junio de 1963. Los cardenales secundaron la acción del Espíritu eligiendo a Juan Bautista Montini, al que Pío XII hizo Arzobispo de Milán en 1954, después de haber sido uno de sus más estrechos colaboradores junto al Cardenal Domenico Tardini. Ambos fueron creados cardenales por Juan XXIII. Pablo VI se convertió en el 262º sucesor de san Pedro el 21 de junio de 1963.

El nuevo Papa se entregó con inteligencia y tesón a la obra del Concilio imprimiendo a sus trabajos una orientación que no mermó la libertad de los Padres conciliares, evaluando en ocasiones el alcance de las enseñanzas del Concilio en importantes observaciones que llegaron al aula sugeridas por el Papa en el ámbito doctrinal y en el disciplinar. Se encauzaban así desde la fidelidad a la tradición doctrinal de la Iglesia importantes cuestiones en la doctrina conciliar sobre la Sagrada Escritura y el misterio de la Iglesia. La formulación renovada de las enseñanzas de la Iglesia, tal como había querido san Juan XXIII, iluminaban un nuevo modo de presencia de la Iglesia en el mundo actual, dando amplio fundamento a la acción de los laicos en los asuntos temporales y renovando y, al mismo tiempo, confirmando la disciplina de vida de los presbíteros y la vida de consagración religiosa.

El Papa programó su Pontificado Romano 1968 como un proyecto de diálogo en tres círculos: entre Dios y el hombre, la Iglesia y la humanidad y la Iglesia Católica con las Iglesias y Comunidades eclesiales no católicas. Expuso su proyecto en la Encíclica programática Eccesiam suam, firmada el 6 de agosto de 1964, entendiendo el diálogo como forma de vida espiritual. Un diálogo permanente que es de amistad entre Dios y el hombre, y se prolonga en el diálogo de la Iglesia con la humanidad, adoptando formas propias de nuestro tiempo, sin sucumbir a la mentalidad profana del mundo y manteniendo la vida interior como exigencia perenne. Entendía así Pablo VI que el diálogo con el mundo es medio adecuado y necesario de apostolado en el contexto de la cultura actual; sin por ello olvidar que la primera y principal forma de apostolado es la predicación, como proponía sin ambages en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, del 8 de diciembre de1975, a los diez años de la clausura del Concilio.

En el círculo del diálogo ecuménico, el Papa prolongaba la intención y el proyecto de encuentro con los hermanos separados de Juan XXIII, dándole forma propia en el diálogo teológico y en el de la caridad. El primero requería claridad en la propia postura doctrinal, por eso todavía cuando faltaba la última etapa del Concilio, en los días previos a su apertura, el Papa se había visto obligado a reafirmar la fe católica en la Encíclica Mysterium fidei, de 3 de septiembre de 1965, sobre la doctrina y el culto eucarísticos, contra el vaciamiento en que sumían algunas corrientes teológicas influidas por algunas posturas protestantes y liberales el misterio de la santísima Eucaristía.

En años difíciles y confusos del primer postconcilio, el 30 de junio de 1968 Pablo VI recitaba el Credo del Pueblo de Dios confirmando las verdades perenes de la fe, cuya formulación en el lenguaje actual no las podía poner en peligro. No dejó en el empeño de llevar a cabo la reforma litúrgica, afrontando la obra ingente de la renovación del Misal Romano, enriqueciendo el Leccionario y revisando el Pontifical Romano. Con ello se favorecía el servicio a la Palabra de Dios y de la celebración de la fe, siguiendo el mandato del Concilio. El 24 de junio de 1967 publicó la Encíclica Sacerdotalis caelibatus, que reafirmaba la conveniencia y el mantenimiento disciplina del celibato para el ejercicio del ministerio en la Iglesia latina.

En diálogo con el mundo moderno, Pablo VI daría un gran impulso a la doctrina social de la Iglesia, promoviendo una mayor justicia y en apoyo del desarrollo científico y económico de los pueblos más necesitados, marcados por graves tensiones internacionales, y amenazados por la violencia de movimientos armados de liberación. El Papa señala el camino ético, fundado en la concepción religiosa de la dignidad humana. El 27 de marzo de 1967 publicaba la Encíclica sobre el desarrollo de los pueblos Populorum progressio. Pocos años después, el 14 de mayo de 1971, llamaba a los católicos al compromiso político, en defensa de los valores cristianos de la vida y la promoción de la justicia, en la Carta Octogesima adveniens al Cardenal Roy, con motivo del 80º aniversario de la encíclica de León XIII Rerum novarum. El mismo año que se celebraba la II a Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos que el Papa había creado al abrir la cuarta y última sesión del Concilio el 15 de septiembre de 1965. La asamblea sinodal, además de ocuparse del ministerio sacerdotal reafirmando la disciplina sobre el celibato de los sacerdotes, afrontaba el gran reto de la causa de la justicia en el mundo.

Si el compromiso humanitario y la causa de la justicia son inseparables de la obra evangelizadora de la Iglesia, con la Encíclica sobre la regulación de la natalidad Humanae vitae el 25 de julio de 1968 Pablo VI afrontaba el reto de la defensa de la natalidad, manteniendo la doctrina sobre la unión de procreación y ejercicio responsable de la sexualidad en las relaciones esponsales que están en origen de la vida de cada persona humana. La encíclica exigió del Papa la mayor determinación por su parte contra una oposición tenaz en algunos sectores sociales y políticos, pero también eclesiales. Juan Pablo II diría de esta encíclica que fue profética y Benedicto XVI y Francisco así la han visto y seguido.

Su conocimiento de las convulsiones vividas en la primera mitad del siglo XX y en la Secretaria de Estado, al servicio de la diplomacia de la Santa Sede le habían convertido en experimentado conocedor del valor de la paz para el establecimiento de un nuevo orden internacional. Recién inaugurado su ministerio Pablo VI habló a la Asamblea general de las Naciones Unidas como «experto en humanidad» siendo el Vicario de Cristo. Ante la gran asamblea había exclamado con vehemencia: «¡Nunca jamás guerra! ¡Nunca jamás guerra! Es la paz, la paz, la que debe guiar el destino de los pueblos y de toda la humanidad». En la Encíclica Christi Matri, del 15 de septiembre de 1966, a un año de la clausura del Concilio exhortaba a los Obispos a promover súplicas a la Virgen María Reina de la Paz, que él había proclamado Madre de la Iglesia en el discurso de clausura de la tercera sesión del Concilio el 21 de noviembre de 1964. La devoción mariana del Papa. Hijo fervoroso de la Virgen María Pablo VI se propuso ordenar conforme a la doctrina de la fe y la tradición auténtica de la Iglesia el culto a la santísima Virgen, lo que hizo en la Encíclica Marialis cultus del 2 de febrero de 1974. Garante de la ordenación litúrgica emprendida por el Concilio, el Papa ordenaba asimismo el culto mariano con indudable repercusión sobre la subordinación de la piedad popular mariana al culto litúrgico.

En poco tiempo Pablo VI no sólo había encauzado el Concilio y lo había conducido a feliz término, también había afrontado las cuestiones doctrinales y disciplinares que requerían doctrina clara y decisión firme; había gobernado con generosidad y al tiempo con indudable fidelidad al principio de la tradición eclesial lex credendi est lex oradi la reforma litúrgica, y había hecho avanzar la reflexión doctrinal sobre el ordenamiento socioeconómico y político de una sociedad justa y al servicio de la dignidad humana.

Pablo VI, de fina personalidad intelectual, sabía que la duda a la hora de elegir el camino a seguir tenía su propia resolución en la promesa de Cristo a Pedro y en la fe de la Iglesia. No fue la duda la que hirió el corazón del Papa, sino la defección de tantos sacerdotes y religiosos, la secularización de amplios grupos sociales católicos, arrastrados por el retroceso del cristianismo como religión popular, entregados al relativismo rampante de unas décadas convulsas. El relativismo que Benedicto XVI denunció como la mayor de las tentaciones de nuestro tiempo, que crece vertiginosamente desde los años sesenta del pasado siglo como ideal de vida de una sociedad que se quiere libre, pero olvida que la libertad no sólo se conquista contra la presión y condicionamientos externos, sino contra el arrastre interior de las pulsiones que emergen de las concupiscencias del ser humano. Una sociedad que olvida, en definitiva, que no puede mantenerse sin norma de vida fundada en principios éticos y morales, enraizados en la experiencia religiosa de la humanidad y en la historia de la salvación.

Vivió el Beato Pablo VI la vocación a la santidad que le ha llevado a los altares en tiempos convulsos y al tiempo apasionantes, tiempos con su propia hora, en la que una imagen del mundo cede ante otra aún por configurar y que sólo con el paso de los años deja ver su rostro, sus límites y vacíos terribles, porque el hombre es siempre idéntico consigo mismo y sólo Dios puede salvarlo.

Queridos diocesanos, la beatificación de Pablo VI, que ha seguido a la canonización de san Juan XXIII y san Juan Pablo II, es exponente y testimonio de la altura moral de los papas del siglo XX, y de cómo Cristo que eligió a Pedro como fundamento visible de la unidad de la Iglesia universal siendo un hombre débil como los demás, con la gracia le amaría hasta el martirio y prolongaría en el Pontificado Romano la continuidad de una promesa de asistencia permanente a su Iglesia que se mantiene por el amor de Cristo que renueva la cadena apostólica y hace que surjan hombres como los papas que nos vienen guiando. Es Cristo el que ha transfigurado la personalidad propia de los papas, la de cada uno de ellos sosteniendo la llamada a la santidad, que es universal y para todos, en un proceso de santificación que lleva adelante el Espíritu Santo, dador de todo don que redunda en bien espiritual de todos sus discípulos, la santa Iglesia de Cristo.

Con todo afecto y bendición.

                    + Adolfo González Montes

                                 Obispo de Almería

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