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HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

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Mons. González Montes, obispo de Almería Mons. González Montes, obispo de Almería

Queridos hermanos sacerdotes y religiosos; Queridas religiosas y personas de vida consagrada; Hermanos y hermanas en el Señor:

«Caminos de consagración» es lema que nos invita a la reflexión sobre el significado religioso y el valor teológico de la vida religiosa y de consagración. Un lema muy a tono con este año jubilar jacobeo, que vuelve a reclamar y concentrar la atención de todo el pueblo de Dios en la condición peregrina de todo ser humano. El camino jacobeo es una parábola de nuestra condición de viadores en el camino histórico hacia Dios, patria definitiva del hombre. En este camino vamos guiados por la luz poderosa de la fe en Cristo Jesús, muerto y resucitado, porque en el misterio pascual Dios nos ha revelado el valor y destino de la vida humana. En el misterio pascual se nos ha manifestado el amor de Dios por cada ser humano, revelándonos que es Dios quien rescata al hombre de su perdición eterna, ofreciéndonos anticipadamente la posibilidad de “estar ya con él en su reino”. La vida religiosa anticipa así aquello que el Apóstol desea: “partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor”, le dice a los Filipenses (1,23). San Pablo aclara su pensamiento en la segunda carta a los Corintios y les dice que es así, porque “mientras habitamos en el cuerpo, vivimos desterrados lejos del Señor” (2 Cor 5,6).

Por el misterio pascual, el creyente ha muerto y resucitado mediante mística comunión con Cristo, y participa de la vida divina que se manifiesta en la práctica de las virtudes teologales, que son virtudes infundidas por el Espíritu de la santificación. Cuando la luz de la fe reconoce en «la vida en Cristo», oculta a los ojos del mundo pero patente ante Dios, el inicio de aquello que se espera, la voluntad de realizar en plenitud la vocación a la santidad se manifiesta en la vida de consagración plena, entendida como anticipo del cumplimiento del deseo de estar para siempre con Cristo.

La vida de consagración tiene, sin duda alguna, una expresión luminosa en la clausura, donde la comunión conventual en el común amor por Cristo, Esposo del alma, se hace sacramento de la “vida oculta con Cristo en Dios” (Col 3,3). En esta forma e vida oculta, la imagen del cerramiento en la clausura, antes que ruptura con el mundo es imagen ofrecida a cuantos la contemplan con fe; imagen que, iluminada por la luz de la fe, ayuda a la visión anticipada de aquello que el consagrado anhela, en espera de visión plena, siguiendo la máxima del Apóstol: “Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara” (1 Cor 13,12).

En la comunidad de clausura, la fe y la esperanza se activan de tal forma en la comunión conventual, para que la aspiración de los consagrados a la contemplación plena de Dios, que es amor, inspire la caridad; y así la comunión en el amor de Cristo que es la vida conventual sea el gran signo de la consagración vivida en comunidad. En la vida apostólica en el mundo de quienes han optado por entregar la vida a Cristo en los institutos religiosos y sociedades apostólicas, la fe y la esperanza mueven a los consagrados en la dirección de la instauración del reino de Dios. Es verdad que el reino es obra de Dios, don que llega de lo alto, pero ha sido voluntad de Dios que este reino fuera anunciado y establecido por la Iglesia en todos los pueblos como germen del reino que se hace presente en ella misma (cf. Vaticano II: Const. dogm. Lumen gentium [LG], n.5). La propagación y crecimiento del reino de Dios es misión de la Iglesia y alcanza asimismo a los laicos, tal como enseña el concilio (cf. LG, n. 31.35.36; AA, n.3.4.7.20).

El Vaticano II dice que la vida religiosa anuncia ya la gloria del reino de los cielos (cf. LG, n.44) y que los religiosos, mediante la práctica de los consejos evangélicos, se capacitan para contribuir de un modo singular y según la forma de la propia vocación, a “la implantación y consolidación del Reino de Dios en las almas, en extenderlo por todo el mundo por medio de la oración o por la actividad apostólica” (LG, n.44b). Dicho lo cual el concilio añade: “Por eso también la Iglesia protege y favorece el carácter propio de los diversos Institutos religiosos” (ibid.).

La forma de la propia vocación religiosa y el carácter propio de los institutos son caminos diversos, cuya pluralidad y convergencia en la edificación de la Iglesia favorece la implantación y el crecimiento del reino de Dios. Por diversos que sean estos caminos, la consagración, es cierto, exige la misma renuncia al mundo que caracteriza el seguimiento de Cristo haciendo criterio del mismo la adopción de los consejos evangélicos como forma y estilo de vida. Sin la disciplina de la renuncia y el consiguiente entrenamiento no es posible transitar hacia la meta del camino.

Los peregrinos se han de pertrechar de vituallas, pocas pero las necesarias, y entrenar los pies a transitar sobre las piedras del camino, para poder proseguir la larga caminata de una travesía larga. No van solos, marchan con Cristo y en su cortejo, guiados por él como profetizara el anciano Simeón, convertido en santo y seña de contradicción. Jesús es la bandera discutida llamada a hacer patente la actitud de muchos corazones, que proporciona a María la espada de dolor que atraviesa su corazón de madre virgen.

Frente a la tentación de instalación cómoda en la sociedad materialista de nuestros días, la vida en religión es una provocación, admirada por muchos por su compromiso ético pero mucho menos entendida como “signo de contradicción”. El hombre de nuestros días se rinde ante el amor que inspira la lucha por la justicia social y la vocación humanitaria, pero, contra todo pronóstico, mantiene blindada su conciencia ante el signo religioso de la trascendencia del amor divino. Para que el compromiso humanitario sea percibido como amor divino, es necesaria la caridad del que ofrece el signo, pero también la fe del que percibe el signo de la caridad, para poder descubrir en ella, signo del amor de Dios. De ahí la misión de preparación del camino del Señor confiada al mensajero del que habla Malaquías. Sin esta preparación del camino por el que llega el Señor, cuando éste venga: “¿quién podrá resistir el día de su venida? ¿Quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero” (Mal 3,2)

La vida de consagración es inseparable de la conversión a Dios, garantía de que libera de la tentación de hacerle trampa al Señor. Dios quiere el corazón del consagrado enteramente unido a él, sin división alguna, aunque a veces sangre el corazón por causa de la fidelidad a Cristo. Si es el mismo Cristo quien guía, las llagas de su pasión y de su cruz, resultado de su total adhesión al designio del Padre, son el testimonio de su comunión con nosotros, como dice el autor de la carta a los Hebreos: “Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que pasan por ella” (Hb 2,18). El dolor que probó desde su nacimiento en el pesebre, en la huida a Egipto, en la circuncisión, convertida en signo de pertenencia al pueblo de elección divina y de singular consagración.

Pidamos a la santísima Virgen que el gozo de haber dado al mundo al Autor de la vida nos llene de confianza en la superación de las dificultades de un camino que se presenta fascinante para los peregrinos de la fe. Pruebas no faltan, pero el Hijo de María ha vencido al mundo y nos precede como pontífice compasivo de nuestras almas.

Jornada mundial y pontificia de la Vida consagrada

Lecturas: Mal 3,1-4; Sal 23,7-10; Hb 2,14-18;Lc 2,22-40

S. A. I. Catedral de la Encarnación

2 de febrero de 2010

                                                           + Adolfo González Montes

                                                                 Obispo de Almería

        

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