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HOMILÍA en la Investidura de Canónigos de la S.A.I. Catedral

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Excelentísimo y Rvdmo. Sr. D. Adolfo González Montes, obispo de Almería Excelentísimo y Rvdmo. Sr. D. Adolfo González Montes, obispo de Almería

Excelentísimo y Rvdmo. Sr. Obispo electo de Guadix, querido Don Ginés. Excelentísimo Cabildo Catedral, queridos hermanos sacerdotes. Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades y representantes de las instituciones sociales presentes. Queridos hermanos y hermanas, religiosas y fieles laicos:

Toda misa es acción de gracias a Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo; por eso, con toda razón podemos decir que esta misa es de acción de gracias por la investidura de los nuevos canónigos. Al concelebrar con el Obispo, el Capítulo de la Catedral manifiesta la fundamental unidad del ministerio sacerdotal que ejerce todo el presbiterio diocesano, en unión con el Obispo y siguiendo su encomienda. Así lo enseña el Vaticano II, que afirma: “Los presbíteros forman un único presbiterio especialmente en la diócesis a cuyo servicio se dedican bajo la dirección del Obispo. De hecho, aunque se consagren a diversas tareas, realizan, sin embargo, un único ministerio sacerdotal” (Decreto Presbyterorum ordinis, n.8). La unidad del presbiterio se funda en la común participación del sacerdocio de Cristo y, por eso, sobre la unidad del sacramento del Orden, del cual resulta la fraternidad de los presbíteros, que ejercen el ministerio de forma colegial.

El derecho de la Iglesia define el Cabildo de canónigos como “un colegio de sacerdotes, al que corresponde celebrar las funciones litúrgicas más solemnes en la Iglesia Catedral” (C.I.C., can. 503). El Cabildo tiene como finalidad que en la Iglesia madre de la diócesis, cátedra y altar del Obispo diocesano, se celebre cotidianamente el sacrificio eucarístico, y por su medio y el canto de la salmodia, se tribute a Dios Padre la acción de gracias y la alabanza por la obra de la creación y la redención, manifestación del amor divino y anticipo de la alabanza eterna y la vida feliz de los bienaventurados.

En la Catedral el Capítulo de canónigos oficia el ministerio sacerdotal de Cristo, auxiliando la función magisterial y sacerdotal del Obispo mediante la proclamación litúrgica de la palabra de Dios y la predicación sagrada, y por medio de la confección de la Eucaristía y de los sacramentos. De modo particular por la celebración anual de los sacramentos de la iniciación cristiana, conferidos a los catecúmenos en cada ciclo pascual; y por la constante oferta de misericordia de Dios al pecador mediante el ministerio penitencial del perdón de los pecados reservados al Obispo, ministerio que se confía al canónigo penitenciario.

Aún cuando el derecho o el Obispo pueden confiar cometidos diversos al Cabildo, como sucede con la encomienda de la custodia del patrimonio histórico de la Iglesia Catedral y de sus edificios, la acción litúrgica es la razón de ser y el cometido principal del Capítulo de canónigos. De ahí la conciencia que han de tener todos sus miembros del deber que asumen de cumplir en la Catedral el ejercicio del ministerio sacerdotal que recibieron en su ordenación. Lo han de ejercer de suerte que nunca falta en la Iglesia Catedral, juntamente con al celebración de la santa Misa conventual, la recitación de la liturgia de las Horas, para alabanza de Dios y la súplica de intercesión constante por medio de Cristo en la comunión del Espíritu Santo. Ministerio sagrado que desempeñan en nombre y en representación de toda la Iglesia diocesana, secundando con ello el ministerio sacerdotal del Obispo.

Habéis sido elegidos, queridos hermanos capitulares, considerando vuestras cualidades y aptitudes y el ejercicio de vuestra vida sacerdotal, que hoy os obligáis a vivir de una manera especialmente ejemplar, con público compromiso mediante juramento de fidelidad a la doctrina de la fe y al magisterio de la Iglesia, al Obispo diocesano y a los estatutos y práctica de las costumbres legítimas de esta Iglesia Catedral.

Que todos encuentren en esta Iglesia madre de la diócesis el ejercicio esmerado y bellamente realizado del culto cristiano, para el cual fuisteis en su día ordenados presbíteros. Que la colación litúrgica de la Misa y de los sacramentos sobresalga entre las acciones litúrgicas diocesanas, y el canto de la salmodia venga a expresar en forma tal el ministerio de Cristo y de la Iglesia, sacramentalmente a él unida, que todos puedan penetran en las acciones sagradas y participar vivamente en ellas; de suerte que, imbuidos del clima religioso de la acción sagrada, den gracias a Dios por la obra de la redención. Por esta obra de perdón y santificación se nos permite acceder sin temor al misterio del amor y de la misericordia divina revelada en la cruz y en la gloria de la resurrección.

Jesús fue investido del Espíritu Santo para llevar la salvación a los pecadores y a los alejados, a los pobres y necesitados. Sus paisanos de Nazaret no comprendían que no había venido a prestigiar su aldea y beneficiar a los suyos con los poderes taumatúrgicos de que disponía. Jesús les recordaría que las acciones divinas sólo benefician a quienes necesitan de la misericordia de Dios y se manifiestan convertidos ante él. Para recibir el favor divino, se requiere conversión a Cristo y el reconocimiento de su misión salvadora. Conociendo Jesús el pensamiento de sus paisanos, les dijo: “Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»: haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún” (Lc 4,23).  El Señor, en efecto, había curado con tanto éxito social que “a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados” (Mc 1,32) y “la ciudad entera estaba agolpada a la puerta” (Mc 1,33)  de la casa de Pedro, donde había curado a la suegra del apóstol.  ¿No podía beneficiar del mismo modo a sus paisanos de Nazaret? Es fácil comprender humanamente su aspiración a beneficiarse de los poderes de Jesús, pero Jesús les recuerda que no basta su cercanía a él según la carne para tener derecho al beneficio del poder divino. Les resultaron tan ofensivas las palabras de Jesús como para empujarlo “fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo” (Lc 4,29).

Jesús les había dicho que Dios otorga su gracia libremente y que es indisponible. Sobre él  no tienen efecto las influencias, como queda les deja patente evocando la historia de la salvación: “Os garantizo que (...) muchos leprosos había en Israel en tiempos del Profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que el Naamán el sirio” (Lc 4,25a.27). Reprochando la actitud de rechazo de los suyos, Jesús se lamentará diciendo: “... vendrán muchos de oriente y de occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados  a las tinieblas de fuera...” (Mt 8,11-12; Lc 13,28-29) Este mismo mensaje sería anunciado por Pedro en casa del centurión Cornelio: “Dios no hace acepción de personas, sino que le resulta grato quien le teme y practica la justicia sea de la nación que sea” (Hech 10,34-35).

Los sacerdotes participan de la unción del Espíritu de Cristo para llevar a todos el mensaje de salvación universal, sin acepción de personas, participando así, contra el parecer de los hombres, como Jeremías, figura de Jesús cargado de sufrimientos, en “plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce” (Jer 1,18). La Iglesia ha de ser baluarte y refugio de los humildes, de los que se saben necesitados del perdón de Dios y de su gracia, de quienes buscan en Dios el sostén definitivo que el mundo no proporciona; de los que saben que Jesús ha sido enviado para sanar los corazones afligidos y restañar las heridas del pecado y comprenden las palabras de Jesús: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores” (Lc 5,31-32; cf. Mc 2,17).

La sociedad actual no reconoce su condición enferma, y parece como si hubiera perdido el sentido de lo bueno y de lo justo, haciendo que recaiga sobre la propia opinión la determinación del bien y del mal; pero el bien y el mal son realidades objetivas y no resultado del deseo de los individuos particulares. Se os encomienda a vosotros, queridos sacerdotes, señalar el camino del bien y extender el magisterio de Cristo señalando a los hombres el camino de la salvación. Como se os dijo el día de vuestra ordenación sacerdotal: a vosotros se os ha encomendado como presbíteros, colaboradores del ministerio del Obispo, la función de enseñar en nombre de Cristo Maestro, transmitiendo a todos la palabra de Dios que habéis recibido con alegría, y practicando aquello mismo que enseñáis.

Así lo venís haciendo desde vuestra ordenación, y hoy os comprometéis a mantener más acendrada fidelidad a este ministerio que prolonga la cátedra del Obispo, enseñando la doctrina de la fe que debe resonar en esta Iglesia Catedral con entera pureza. Enseñad a todos con san Pablo que esta fe pura que han de profesar tiene en al caridad su verificación cierta, sin que haya otro camino de mayor grandeza, porque de todos los dones recibidos, “quedan la fe, la esperanza y el amor: estas tres. La más grande es el amor” (1 Cor 13,13).

Vosotros habéis de poner el mayor empeño en lograr que quienes se acerquen a esta Iglesia Catedral encuentren la oportuna instrucción en la fe que buscan. Servíos de la representación artística de los misterios de la fe que adornan el interior de la Catedral y de las imágenes de Cristo, de María y de los Santos que en ella son venerados, para que los visitantes puedan reconocer en ellas la historia de nuestra salvación y la representación transfigurada del misterio invisible de Dios. No permitáis que el complejo histórico que da forma y figura a esta Iglesia Catedral sea reducida a mero museo, continente de bellas representaciones de un mundo muerto, porque “Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12,27). Custodiad, pues, el patrimonio que se os confía mantener para que su perduración en el tiempo sirva a la presencia sacramental de la Iglesia en el mundo como ámbito donde se accede a la redención y a la gracia; lugar donde se experimenta y vive, en la “luz de las imágenes”, el esplendor de la Verdad y la manifestación de la gloria de Dios, meta de la vida humana salvada en Cristo.

Recordad las palabras del concilio, que declara que el arte religioso y el arte sacro, “están relacionados, por su naturaleza, con la infinita belleza divina, que se intenta expresar, de algún modo, en las obras humanas. Y tanto más se dedican a Dios y contribuyen a su alabanza y a su gloria cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras a dirigir las almas de los hombres piadosamente hacia Dios” (Constitución Sacrosanctum Concilum, n. 124). Así es, porque el misterio del amor y misericordia de Dios se refleja en el esplendor de la sumo bien y la belleza suma que brilla en el rostro de Cristo,  nacido según su humanidad de la Inmaculada Virgen María, indisolublemente vinculada desde su origen a la erección de esta Iglesia Catedral puesta bajo el título de la Nuestra Señora de la Encarnación, cuya maternal protección invocamos para vosotros, para el presbiterio diocesano y para todo el pueblo fiel.

Lecturas:  Jer 1,4-5.17-19;Salm 70,1-5.15.17;1 Cor 12,31-13,13; Lc 4,21-30

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, 30 de enero de 2010.

 

                                                                                  + Adolfo González Montes

                                                                                         Obispo de Almería

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