Lecturas bíblicas: Ne 8,2-6.8-10; Sal 18,8-10.15; 1 Cor 3,9-11.16-17; Versículo antes del Evangelio: Ez 37,27; Jn 4,19-24

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy es un día de acción de gracias. Hemos de decir con el salmista: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Sal 125,3). Dios nuestro Señor nos concede dedicarle hoy esta nueva iglesia y casa de la Virgen del Río. Tuvimos el gozo de coronar canónicamente la imagen actual de esta entrañable advocación de Nuestra Señora tan amada por los huercalenses, el 20 de septiembre de 2015, en el quincuagésimo aniversario de la coronación de la primera imagen, acontecida el 11 de abril de 1965. La antigua imagen sucumbió a la violencia de la avenida de aguas torrenciales que destruyó en 1973 con la imagen la ermita, aunque esta pequeña iglesia de la Virgen conocida como “la Santa” ya había sido elevada una docena de metros sobre la ubicación de la primera ermita, una elevación que no evitó su arrastre por las aguas embravecidas de la avenida destructora que dejó sin la sagrada imagen a sus devotos de la entera comarca de Huécal-Overa.

Aquella destrucción ponía de manifiesto que todas las realidades mundanas, aunque ciertamente llevan impresas las huellas del Creador y orientan él como origen y meta de la creación, ninguna de ellas puede detener el movimiento ascensional del alma a Dios. Están ante nosotros para llevarnos a él y así también las imágenes del Señor, de la Virgen María y de los santos han de conducirnos a aquello que representan sin dejarnos cautivos en ellas. Así reconocida la legitimidad de la composición y elaboración de imágenes sagradas, siendo grande el amor que podemos profesarles por cuanto nos evocan, al venerarlas no se detiene nuestra veneración en su condición material plástica ni en la forma evocadora de aquello que representan, sino que por su medio nos ponemos en humilde adoración de Dios y de Cristo, y otorgamos el culto que conviene a María y a los Santos.

Una casa para la Virgen nos invita siempre a acudir, para decirlo con palabras del santo Papa Juan Pablo II, a la «escuela de María»[1]: a llegar hasta donde ella mora espiritualmente de forma especial y acoge con amor a sus hijos, para orientarlos a Jesús, diciendo con suave imperio maternal: «Id y haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Estas palabras pronunciadas por María en las bodas de Caná son aquellas palabras que el Faraón pronunció para orientar a su pueblo, cuando todo Egipto sintió el hambre que provocó la sequía y la escasez. José, hijo de Jacob vendido por sus hermanos a los mercaderes que iban a Egipto, terminó en primer ministro del Faraón y éste orientó a sus súbditos y a cuantos venían de lejos a aprovisionarse de trigo como los hijos de Jacob, pronunciando estas célebres palabras: «Id a José, y haced lo que él diga» (Gn 41,55). Al ponerlas en boca de María, el evangelista nos está diciendo que la solución de nuestras dificultades está en Jesús. Que ella, la Virgen Madre es sólo la que encomienda a Jesús nuestras causas y nuestras cuitas, nuestros desconsuelos y anhelos, nuestros deseos y, al fin y al cabo, nuestras aspiraciones a que Dios mismo sea para nosotros, por Cristo Jesús, la verdadera solución al problema de nuestra vida mortal.

María nos coloca de esta suerte ante la palabra de Dios que es el alimentó que nos falta y que vemos prefigurado en el trigo y en el alimento humano que necesitan los hambrientos de todos los tiempos. Como comenta Juan Pablo II, «María parece decirnos: “No dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y vino su cuerpo y sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así pan de vida”»[2]

En este tiempo santo de la Cuaresma, que nos invita al examen y a la conversión, la Iglesia nos exhorta a la audición de la palabra de Dios, para que volvamos a él, ya que nos alejamos de Dios por nuestros pecados y a él nos devuelve su palabra regeneradora y recreadora de nuestra vida, pues nunca vuelve a Dios vacía, porque Dios como sucede con la lluvia que cae sobre la tierra irrigando la semilla, la hace germinar en nosotros, si la acogemos produce frutos de salvación (cf. Is 55,10-11).

Por eso, al dedicar hoy esta iglesia para morada de la Virgen del Río, hemos de tener presente que toda casa de Dios, como esta que habéis construido, es siempre lugar donde debe resonar la palabra de Dios para edificación del pueblo santo que en esta casa se congregue; y para la interior y honda transformación de cuantos vengan a visitar a la Virgen y de ella escuchen en su interior que María les envía a Cristo, Palabra hecha carne y fuerza y sabiduría de Dios Padre. Hemos de acoger la palabra de Dios que nos recrea y salva, que nos descubre la voluntad de Dios sobre nosotros y nos abre al futuro de gloria que esperamos. Hagamos como el pueblo de Dios que, después de abandonar la ley divina volvía a los mandamientos y a la Alianza, ya de vuelta en la tierra prometida escuchó desde el amanecer al mediodía la palabra de la ley, en tiempos de Nehemías el gobernador y de Esdras el sacerdote y escriba. Dios puso a los dos puso al frente de su pueblo para que reconstruyeran la nación después del exilio y la cautividad de Babilonia, y para que reconstruyeran el templo reducido a ruinas.

Como Jesús dijo a los judíos, cuando arrojó a los vendedores del Templo: la casa de Dios es «casa de oración» (Lc 19,46), y añadió «No hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado» (Jn 2,16). Que Jesús hable del templo como casa de oración evoca la consagración del Templo de Jerusalén por Salomón como lugar donde Dios escucha las súplicas de los fieles, por eso suplica de Dios: «Que día y noche tus ojos estén abiertos hacia este templo, hacia este lugar del que dijiste: “Allí estará mi Nombre”» (1 Re 8,29). En esta casa de María el Señor escuchará siempre la oración de cuantos acuden a él por intercesión de su Madre y con ella eleven sus plegarias hasta Cristo Jesús como Mediador entre Dios y los hombres, verdaderamente Dios con nosotros y nuestro Redentor.

Un paseo y una peregrinación, un saludo de amor a la Madre de Dios y Madre de la Iglesia, con el corazón elevado al Señor de todo cuanto existe, en quien fuimos creados y redimidos, nos devolverá a nuestra verdad más auténtica: que hemos sido creados a imagen e Dios somos templo suyo, como san Pablo dice a los Corintios. Si Dios habita en nosotros como en un templo, entonces Dios no nos deja nunca de su mano, siempre estamos beneficiándonos de su gracia y misericordia. Por eso hemos de vivir en permanente espíritu de adoración y cuando lleguemos a la iglesia parroquial y cuando subamos hasta esta casa de María, estando ya de antemano en presencia de Dios, entraremos en son de súplica humilde y espíritu de adoración. Porque «Dios es espíritu y debe ser adorado en espíritu y verdad» (Jn 4,24), esta iglesia que hoy consagramos, esta casa de la Virgen del Río, debe hacernos caer en la cuenta de aquello que simbólicamente representa: que nosotros mismos somos morada de Dios y formamos parte de la gran casa de la familia de Dios, que es la Iglesia santa, donde María ocupa una presencia espiritual que nunca nos abandona.

Ermita de la Virgen del Río

Huércal Overa, a 23 de marzo de 2019

                  + Adolfo González Montes

                           Obispo de Almería

 

[1] San Juan Pablo II, Carta encíclica sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), nn. 53-58 (cap. VI).

[2] EE, n. 54.

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