Lecturas bíblicas: Is 42,1-4.6-7; Sal 28, 1-4.9-10; Hch 10,34-38; Lc 3,15-16

Queridos hermanos y hermanas:

En esta fiesta del Bautismo del Señor, celebramos la romería junto a las aguas de Torregarcía, la playa donde fue avistada la imagen sagrada de nuestra Patrona la Virgen del Mar. Este año venimos hasta ermita amada en peregrinación dolidos por el atentado que ha sufrido, una acción vandálica que va directamente contra el derecho fundamental a la libertad religiosa que asiste a todas las personas en razón de su dignidad. Los que han atentado contra esta ermita no han podido impedir, con su acción totalitaria y su falta del respeto hacia la santidad del lugar, que hoy celebremos gozosos esta fiesta del bautismo de Cristo acompañados de nuestra Patrona, representada por la imagen de la Virgen. Este atentado es contrario a toda conducta democrática y no ha podido impedir que, hoy y aquí, hagamos memoria de nuestro bautismo, para reavivar en nosotros el fuego de la fe que alienta nuestro testimonio de Cristo.

Jesús descendió a las aguas del Jordán, para que las aguas concibieran para siempre la virtud de santificar a quienes las reciben como signo sacramental del bautismo, tal como reza la liturgia de la Iglesia. Jesús, que era santo por encima de toda santidad que pueden alcanzar los hombres, porque era el Hijo de Dios y no tenía pecado, recibió el bautismo de manos de Juan cargando con los pecados de todos, como siervo obediente de Dios anunciado por Isaías. Bajó a las aguas del Jordán para alcanzarnos el perdón y para que las aguas con las que somos bautizados concibieran el poder de santificar. Dice el padre de la Iglesia antigua san Máximo de Turín: «Cristo se hace bautizar, no para santificarse él con el agua, sino para santificar el agua y para purificar aquella corriente con su propia purificación y mediante el contacto de su cuerpo. Pues la consagración de Cristo es la consagración completa del agua»[1].

 Fueron los padres de la Iglesia antigua llamaron al bautismo «iluminación»[2]. Jesús es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), por eso el bautizado, «tras haber sido iluminado» (Hb 10,32), se convierte en «hijo de la luz» (1 Ts 5,5), y en luz él mismo (Ef 5,8)»[3]. Jesús ha sido enviado por Dios Padre para ser la luz que ilumina a las naciones, porque abre el conocimiento de Dios a cuantos le reciben y le confiesan como Hijo de Dios, en cuya sangre vertida en la cruz, Dios ha establecido una alianza nueva y eterna con cuantos confiesan el nombre de Jesús. Por la fe en el nombre de Jesús los apóstoles curaron al paralítico que pedía limosna, porque sólo hay salvación en el nombre de Jesús, como proclamó Pedro ante el consejo judío del sanedrín, que amenazó con prisión y castigo a los apóstoles por anunciar la resurrección de Jesús y curar en su nombre: «Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el cual podamos salvarnos» (Hch 4,12).

La resurrección de Jesús ilumina la vida de los hombres al darnos a conocer el destino que Dios, en su designio amoroso, ha querido para la humanidad, a fin de que llegue a la felicidad que consuma la vida humana por la participación en la vida misma de Dios. Tal como anunció el anciano Simeón, Jesús ha venido como «luz para iluminar a las naciones y gloria de su pueblo Israel» (Lc 2,32). La luz de Cristo se proyecta sobre el destino de cada ser humano, al venir a la fe en Jesús como único Salvador, porque sólo sobre Jesús ha derramado el Padre el Espíritu Santo, el fuego que hace arder la fe de cuantos reciben el bautismo.

En la lectura del profeta Isaías, Dios manifiesta que ha puesto su espíritu sobre su siervo elegido, a quien Dios sostiene y prefiere, «para que traiga el derecho a las naciones» (Is 42,1). Se refiere el profeta a la redención que el siervo de Dios llevará a cabo, con humildad y firmeza, dibujando de esta forma el profeta la misión que Dios confiará a Jesús. En el bautismo por Juan en el Jordán, se nos da a conocer que la misión que el Padre confía a Cristo es la que corresponde a su verdadera identidad como Hijo de Dios. En el bautismo Dios manifiesta quién es Jesús, cuando la voz que viene del Padre le dice: «Tú eres mi Hijo amado, el predilecto» (Lc 3,22).

San Marcos dice que Jesús, al salir del agua del Jordán vio cómo se abrían los cielos y el Espíritu de Dios descendía sobre él, oyéndose la voz del Padre; y san Lucas narra esta misma escena, según acabamos de escuchar en el evangelio, haciendo partícipe de la visión de Jesús al propio Juan y a la muchedumbre congregada para escuchar a Juan y recibir de él el bautismo de penitencia. Lucas pasa de la experiencia vivida por Jesús en su bautismo a hacer partícipe de esta experiencia que revela el misterio de la persona de Jesús, su condición divina de Hijo de Dios, porque el evangelista san Lucas contempla el bautismo de Jesús como modelo del bautismo cristiano, que nos hace hijos de Dios y nos hace partícipes del Espíritu Santo, que nos es dado por medio de Jesús; todos los bautizados hemos recibido como don de la redención el Espíritu Santo, que se nos da junto con el perdón de los pecados para que seamos hechos hijos del Padre.

Juan Bautista proclamaba un bautismo de penitencia que no podía otorgar el perdón de los pecados, por eso decía: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Lc 3,16). El Bautista era precursor, pero no era ni el profeta Elías, que se pensaba que había de venir al final de los tiempos para convertir a Israel; ni tampoco era el Mesías esperado, sino aquel que anuncia la llegada de Dios mismo, para cuya venida es preciso estar preparado, porque viene con el juicio sin posibilidad para nadie de esquivar la justicia divina. El bautismo de Jesús revela que el Hijo de Dios viene para quitar el pecado del mundo, como el mismo Juan Bautista había dicho de Jesús, señalándole ante sus discípulos como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (cf. Jn 1,29.35).

De esta manera se pone de manifiesto cómo la encarnación del Verbo de Dios, del Hijo eterno del Padre, tiene como finalidad la redención, que Jesús llevó a cabo mediante su muerte en la cruz y su resurrección. Si la misión de Jesús es otorgar el perdón de los pecados, esta misión revela su misma identidad de ser Hijo de Dios, porque, ciertamente, sólo Dios puede perdonar los pecados (cf. Mc 2,7), por eso los milagros de sanación que realiza Jesús son un signo de la curación espiritual que transforma al pecador.

Dios Padre declara quién es Jesús, nacido según la carne de la Virgen María, de la estirpe de David, pero se reveló en su verdadera condición en cuanto Hijo de Dios en el bautismo y en la transfiguración (cf. Mt 17,5 par), acreditado por la voz que viene del «cielo abierto» (Lc 3,21); revelado en su resurrección (cf. Hch 13,33) y manifestado en su dignidad sacerdotal (cf. Hb 5,5). La voz del Padre se oyó al abrirse el cielo, dando cumplimiento a la súplica del profeta, que le recuerda al Dios de Israel que él es su padre y de él espera que, frente a sus opresores, les devuelva la libertad, y exclama: «¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!» (Is 63,19b). Ha llegado la repuesta a la súplica: Dios envía a su propio Hijo amado con la misión de devolver la libertad a su pueblo. Los cielos se abren y el Padre hace descender al Espíritu Santo como paloma sobre Jesús. La misión que ha de llevar a cabo Jesús exige la acreditación de quien le envía, de quien es la fuente y el origen de toda de salvación: el Padre de las luces y Dios de misericordia, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Él unge a Jesús con la unción del Espíritu Santo, para que pueda llevar a cabo su misión redentora.

En las palabras del Padre resuenan las palabras que el salmo pone en la boca de Dios: «Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy» (Sal 2,7)[4]. Es el Hijo de Dios el que viene a salvarnos y en su bautismo se nos da a conocer el misterio de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la santa Trinidad de Dios, fuente de nuestra salvación. Lo que Jesús era desde su concepción en el seno de la Virgen María se revela en su bautismo y en su transfiguración en la montaña santa, y en la luz poderosa de la resurrección: Jesús es verdadero Hijo de Dios. Por eso, san Pablo dirá de Jesús que es «nacido según la carne del linaje de David, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor» (Rm 1,4).

Es verdad que estas enseñanzas del Evangelio son profundas, pero necesitamos imbuirnos de la palabra de Dios para poder ser cristianos y dar razón de nuestra esperanza que hemos puesto en Cristo. Pidamos a la santísima Virgen del Mar que interceda ante Jesús, hijo suyo y verdadero Hijo de Dios, que el Espíritu Santo que recibimos en el bautismo y en la confirmación ilumine nuestra vida; que el Espíritu Santo reavive en nosotros el fuego purificador, que transforma nuestra nuestro ser y hace de nosotros nuevas creaturas, hijos de Dios para llevar al mundo el testimonio del que es Hijo de Dios y Salvador del mundo. María lo dio a luz, para que la Luz que es Cristo ilumine a todos los hombres. Vayamos a Jesús por María, aprendiendo de su mano a ser discípulos de Jesús.

Ermita de Torregarcía

13 de enero de 2019

                          + Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

 

[1] San Máximo de Turín, Sermón 100: En la Epifanía, 1,3: CCL23, 398-400.

[2] San Justino, Apología 1,61: CA 1, 168 (PG 6,421).

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1216.

[4] Cf. Sagrada Biblia, vers. Conferencia Episcopal Española: nota a Sal 2,7.

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