Textos bíblicos: Is 60,1-6; Sal 71,7-8.10-13; Ef 3,2-3.5-6; Mt 2,1-12

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando acudimos con los magos a adorar al Salvador del mundo, el Niño nacido por nosotros nos sale al encuentro con el don de una nueva ordenación para el ejercicio del ministerio pastoral. Hoy se nos concede ordenar como diácono a uno de nuestros seminaristas mayores que, conforme a la norma de la Iglesia, ha sido juzgado digno de acceder a la recepción de las sagradas Órdenes. Por ello damos gracias a Dios que otorga a su Iglesia las vocaciones para proveer al ministerio sacerdotal, algunas de ellas, como sucede con la ordenación de hoy, salidas del cultivo de la piedad popular y de las hermandades y cofradías, un ambiente eclesial propicio para las vocaciones.

 Antes de realizar la exhortación al candidato que el Ritual prevé para la ordenación, hemos de comentar las lecturas bíblicas que forman parte de la liturgia de la palabra de Dios en esta solemnidad de la Epifanía del Señor. La tradición litúrgica de occidente conmemora la Natividad del Señor en una doble fiesta. La fecha del 25 de diciembre, centrada en el hecho histórico del nacimiento de Cristo, manifestado por los ángeles a los pastores, a quienes la tradición bíblica espiritual ha identificado como simbólicamente representante del pueblo elegido, al que se le anuncia el nacimiento del Mesías salvador. La liturgia de esta fiesta está centrada la Natividad de Jesús como revelación del misterio del Hijo eterno de Dios que, engendrado antes del tiempo en el seno del Padre, posee la gloria infinita que le corresponde como Dios, y que ha aparecido en carne mortal naciendo de María Virgen para salvación del pueblo.

También es fiesta de la Navidad la solemnidad de la Epifanía que hoy celebramos, centrada igualmente en el Niño nacido como salvador de las naciones.  Es ésta una fiesta que encontró en oriente un clima de fervor litúrgico especial, mientras la fiesta de diciembre tiene mayor relieve en la liturgia occidental, pero ambas fiestas aparecen ya celebradas en el siglo IV tanto en oriente como en occidente. La liturgia de la Epifanía es la propia de la fiesta de la manifestación de Jesús como salvador único y universal a los pueblos todos de la tierra, simbolizados en los magos de Oriente que adoran al Señor.

La lectura del profeta Isaías procede de la tercera parte del libro que llamamos de Isaías, que reúne materiales muy diversos. El fragmento que acabamos de escuchar parece pertenecer al libro de la consolación de Isaías, obra del siglo VI a. C. que contiene el anuncio de la liberación del pueblo hebreo de la cautividad, motivo para la alegría. Todo el fragmento que hemos escuchado es una invitación a la alegría, porque llega la luz gozosa de la liberación salvadora y se despunta ya en el horizonte la restauración de Jerusalén y del templo. El profeta clama con júbilo: «¡Levántate, brilla, Jerusalén que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!» (Is 60,1).

El cautiverio, símbolo de la oscuridad que cubre a los pueblos sometidos, toca a su fin, llega la luz poderosa de Dios que ilumina la vida de los hombres, y esta luz que viene de Dios brillará sobre Jerusalén y a su resplandor caminarán los pueblos de la tierra. Esta luz prodigiosa que brillará en las tinieblas anunciada por el profeta es la luz del redentor del mundo. Lo veíamos en la fiesta del 25 de diciembre, cuando escuchábamos en la misa del día el comienzo del evangelio de san Juan: «la luz brilla en las tinieblas, y la tiniebla no la recibió…  La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre viniendo a este mundo» (Jn 1,5.9).

La luz brillaba para el mundo entero y este es el sentido universal de esta fiesta de hoy. Aunque el pueblo elegido sienta la tentación de no recibirle, Jesús vino como verdadero Mesías de Israel y como verdadero salvador de las naciones, que necesitan escuchar el mensaje del Evangelio, si no lo han recibido. Por eso, esta fiesta tiene una gran proyección misionera: Jesús ha venido para toda la humanidad como salvador único y universal. Todos los pueblos están convocados por su Palabra hecha carne a reconocer a Dios Padre en el Hijo, pues «Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo…» (Ef 2,5). Estas palabras del Apóstol a los Efesios se completan con las que acabamos de escuchar también en la segunda lectura de esta fiesta. San Pablo, que se comprende a sí mismo como apóstol de Cristo para predicar a los paganos añade que el misterio de nuestra salvación en Cristo se le dio a conocer por revelación y este misterio «no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio» (Ef 3,5-6).

Cristo ha venido para todos los pueblos y como el mismo Israel, están llamados a ser iluminados con la luz de Cristo Jesús. Muchos han sido ya iluminados, pero han caído en una apostasía práctica abandonando la fe que recibieron de las generaciones que les precedieron y es necesario volver a evangelizarlos, porque a pesar de haber sido cristianizadas por la predicación evangélica, se apartan de la luz que brilló en el nacimiento de Cristo para alumbrar a todos los pueblos de la tierra. Esta luz viene del Oriente y ha sido alumbrada en la historia de salvación de los israelitas nuestros padres. Es la luz que emerge poderosa con la predicación apostólica, tras haber brillado en el pueblo elegido. Como Jesús diría a la samaritana: los samaritanos, como los demás pueblos de la tierra adoran lo que no conocen, pero Dios se reveló al pueblo elegido y, porque Dios lo quiso así, de este hecho que manifiesta que la salvación es gratuita y ningún pueblo tiene méritos para merecerla, cobran su más claro sentido las palabras de Jesús dirigidas a la mujer samaritana: «Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos» (Jn 4,22).

Los magos, posiblemente estudiosos de las estrellas, aunque no pertenecieran, como se ha podido suponer, a la casta sacerdotal de los persas, tenían «un conocimiento religioso y filosófico que se había desarrollado y aún persistía en aquellos ambientes [orientales]»[1]; de modo parecido a como consideraron los griegos a los magos de la época. Estos cultivadores de ideas religiosas y filosóficas, pasaron con la tradición espiritual cristiana a convertirse en reyes, al reconocer en ellos como representantes de las naciones, el cumplimiento de la profecía de Isaías que hemos escuchado: «…sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora» (Is 60,2b-3).

Las palabras del profeta y los versos del salmo 72 ayudarán a la tradición piadosa a transformar a los magos en reyes. Tal como hemos recitado, el salmo dice: «Que los reyes de Tarsis y de las islas / le paguen tributos; / que los reyes de Saba y de Arabia / le ofrezcan sus dones /que se postren ante él todos los reyes, / y que todos los pueblos le sirvan» (Sal 71/72, 10-11). Los versos del salmista revelan el carácter universal de la salvación que viene de Jerusalén, sin mayores precisiones; y la tradición piadosa popular concreta en los magos la adoración de los reyes de la tierra. La tradición piadosa terminará reduciendo el número de magos a tres, cuando el evangelio armenio de la infancia fije definitivamente, no antes del siglo VII, y dando los nombres con los que hoy los identificamos: Melkón o Melchor, rey de los persas; Gaspar, rey de los indios; y Baltasar, rey de los árabes.

Al salmo 72 se añade la piedad popular ayudada por los evangelios legendarios o apócrifos, que trataban de completar lo que no nos dicen sobre la infancia de Jesús los evangelios canónicos. El evangelio de san Mateo dice que estos magos de Oriente fueron guiados hasta Jesús por una estrella, una alusión clara a la luz que conduce a los pueblos a Cristo. Después de haberse postrado ante el Niño y haberle rendido homenaje, temerosos de Dios, conocedores de las intenciones homicidas de Herodes, que buscaba al Niño para matarlo, volvieron a su tierra por otro camino. Los magos ofrecieron sus regalos al rey de reyes y dejaron ante él oro, incienso y mirra, con significados que completan la escena evangélica: oro como a rey, incienso como a Dios y mirra como a hombre. Del oro y el incienso nos habla Isaías; de la mirra dice el evangelista san Juan que Nicodemo compró mirra que mezcló con áloe para embalsamar el cuerpo de Jesús antes de ser sepultado (cf. Jn 19,39).

Jesús nace para todos y su frágil vida es amenazada por quienes no quieren recibir la luz que brilló en las tinieblas y disipa la oscuridad de los pueblos, aunque la luz ha sido más poderosa que las tinieblas y «no la vencieron» (Jn 1, 5; cf. Is 60, 2). Dios, que guió a los Magos mediante la luz de una estrella, protegió a Jesús y a la sagrada Familia, para que, llegada la hora de Jesús, se manifestara al mundo como el Salvador universal. Jesús ha venido para todos y en él está la salvación del mundo que llega a los pueblos mediante la predicación del evangelio.

Es imposible llegar a datos concretos fuera del evangelio, porque la estrella de la que nos habla el evangelio es posiblemente en la mente de san Mateo una realidad sobrenatural[2], difícil de precisar desde el punto de vista de la astronomía como inspiración del evangelista. San Mateo nos deja un evangelio de la infancia de Jesús que el evangelista ha enriquecido con los datos del Antiguo Testamento, para decirnos que la verdadera estrella de Jacob, que brillará en Judá no es sino el mismo Cristo Jesús, verdadero rey de los judíos y salvador del mundo. Nacido en dificultades en los márgenes del Imperio de Roma y bajo el signo de la persecución[3], Jesús es el verdadero y nuevo Moisés, legislador nuevo y definitivo, cuya ley del amor es el camino de la salvación. Jesús es aquel que ejercerá el único sacerdocio que instaura Dios como obra del Mediador único y universal.

Nos dice el relato que los magos encontraron al Niño con María, su madre; del mismo modo que en el relato de san Lucas, nos dice el evangelista que María y José contemplaron la adoración de los pastores, meditando cuanto contemplaban en su corazón. Que con ellos meditemos nosotros en el amor de Dios que en el nacimiento de su Hijo nos entrega en nuestra propia carne al Salvador.

S.A.I. Catedral de Almería

Epifanía del Señor

                                            + Adolfo González Montes

                                                  Obispo de Almería

 

[1] J. Ratzinger/Benedicto XVI, La infancia de Jesús (Barcelona 2012) 99.

[2] U. Luz, El evangelio según san Mateo, vol. 1 (Salamanca 1993) 159-161.

[3] Cf. W. Carter, Mateo y los márgenes. Una lectura sociopolítica y religiosa (Estella, Navarra 2007)129-142.

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