Lecturas bíblicas: Ex 34,4b-6.8-9; Sal Dn3,52-56; 2 Cor 13,11-13; Jn 3,16-18

Querido Sr. Administrador parroquial;

Ilustrísimo Sr. Alcalde y miembros de la Corporación;

Queridos hermanos y hermanas:

Me es muy grato saludar a la comunidad parroquial, en este domingo de la Santísima Trinidad en el cual la Iglesia, después de cumplida la cincuentena pascual, contempla el misterio de Dios revelado en Jesucristo, e invoca y alaba a Dios misericordioso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En Cristo Dios ha revelado cómo su amor está en el origen del mundo, y así revelándose Dios en Jesucristo, su Hijo eterno, quiso darse a conocer en aquel que es «imagen del Dios invisible» (Col 1,15).

El misterio de la santísima Trinidad fue anunciado en el Antiguo Testamento mediante figuras que anticipaban lo que Dios nos daría a conocer de su propio ser y de su vida: que Dios no es un Dios en soledad, sino en comunión de personas, y que nos ha llamado a entrar en esa comunión de amor que es la vida divina; y participando de ella seremos eternamente felices.

Algunos padres de la Iglesia antigua vieron prefiguradas las tres divinas de personas de Dios uno y trino en los tres huéspedes que visitaron a Abrahán, «en la encina de Mambré estando él sentado a la puerta de su tienda en lo más caluroso del día» (Gn 18,1-15). En aquella manifestación de Dios a Abrahán, Dios viene acompañado de dos figuras humanas, dos “hombres” que según dice poco después el libro del Génesis serían dos ángeles, dos mensajeros (Gn 19,1). Con frecuencia Dios se presenta en la Biblia como “el ángel del Señor”, una forma de hablar de Dios para no darle nombre alguno, porque Dios es siempre un ser trascendente; es decir, Dios está más allá del mundo, no es una realidad interior del mundo como son las cosas creadas y somos nosotros mismos con todos los seres vivos.

La historia de la salvación humana es historia de la revelación del misterio de Dios, que revela su nombre y finalmente se dará a conocer en su propio Hijo. Revela su nombre a Moisés, dejando no obstante su significado en el misterio; y sólo cuando llegue la plenitud de los tiempos Dios se revelará como el Padre de Jesucristo, Hijo eterno en quien Dios encuentra su complacencia. Es lo que acontece en el bautismo de Jesús en el Jordán (cf. Mc 1,11 y par.); y también en la transfiguración en el monte, cuando revela su gloria a sus discípulos más íntimos (cf. Mc 9,7 y par.).

La primera lectura que hemos escuchado hoy está tomada del libro del Éxodo, y nos dice que Dios se revela a Moisés como un Dios trascendente, es verdad, pero al mismo tiempo como un Dios compasivo. Dios es ambas cosas; es lejano e invisible, que no puede ser contemplado como realidad del mundo. Porque es invisible y trascendente, Moisés había suplicado a Dios ver su gloria, y Dios accedió a pasar delante de él en la montaña a donde había acudido para recibir las tablas de la ley. Dios dijo a Moisés: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahvé (=del Señor); pues concedo mi favor a quien quiero y tengo misericordia con quien quiero (…) Pero mi rostro no podrás verlo, pues nadie puede verme y seguir con vida» (Ex 33,19-20).

Dios hace misericordia a Moisés, manifestando su acción personal y libre, que nadie puede condicionar. Dios es ser personal, que elige y llama a su compañía, como eligió a Abrahán, para hacer de él el gran pueblo de su elección, al que se vincula llamándose “Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob”, los patriarcas que están en el origen del pueblo elegido. El mismo Jesús se referirá a Dios ante sus seguidores como a su Padre, porque el Dios de Israel es el Dios de los padres, el que ha elegido a Israel y lo ha convertido en su pueblo, vinculándose a él mediante la alianza. Dios, aunque no es un ser de este mundo, es compasivo y misericordioso, y como ser movido por un amor ilimitado entra en la historia humana.

Es, ciertamente, trascendente, está por encima de las realidades del mundo, pero Dios es ser personal y ama a aquellos a quienes elige, y al mismo tiempo conserva su plena libertad frente aquellos a quienes elige y sólo se vincula a ellos por “puro amor”. Por eso, cuando el Señor desciende hasta Moisés, como éste se lo había pedido en el monte Sinaí o monte Horeb, sucederá como Dios le había dicho: «Al pasar mi gloria, te meteré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas, pero mi rostro no lo verás» (Éx 33,22-23). Dios baja en la nube que le oculta y Moisés se echa rostro a tierra en actitud de adoración, suplicándole que se digne proteger a su pueblo y venir con él y acompañarlo a la tierra prometida, invocándole: «Yahvé, Yahvé (Señor, Señor), Dios misericordioso y clemente y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes…» (Ex 34,6-7).

Cuando Dios le recuerde a Israel la alianza que ha hecho con su pueblo, exigirá de su pueblo la guarda y el cumplimiento de los mandamientos, condición para que Dios permanezca como Dios de su pueblo, al que eligió sin mérito ninguno de su parte, diciéndoles a los israelitas que él, su  Dios, los eligió no porque sean numerosos, sino «por puro amor vuestro y por el juramento hecho a vuestros padres, por eso os he sacado con mano fuerte y os ha liberado de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto» (Dt 7,8).

Toda la historia de la salvación es una historia de amor de Dios por la humanidad, y se ha revelado en Cristo, al que Dios declara ser su propio Hijo; y Jesús se referirá a Dios como el “Dios de los padres”, ciertamente, el Dios del pueblo de Israel, pero lo invoca y habla de él como un hijo de su propio Padre. Hablando así de Dios, Jesús revela el misterio del amor del Padre y del Hijo como origen de nuestra salvación.

Dios es amor y por amor, en verdad, creó el mundo por medio de su Hijo, que es su palabra, entregada al mundo para dar a conocer el misterio de amor y misericordia divina. Dice san Pablo que Cristo resucitado «es el Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles (…) todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo y todo tiene en él su consistencia» (Col 1,16-17).

Es cuanto afirmamos de Cristo, Palabra y Verbo de Dios, «que existía en el principio, estaba junto a Dios y era Dios» (Jn 1,1); y que por nosotros bajó del cielo y «se hizo carne» (Jn 1,14), naciendo de María siempre Virgen. En la encarnación de Dios y en el misterio pascual de su muerte y resurrección Dios se nos ha dado a conocer, poniendo de manifiesto ante nuestros ojos el misterio de amor divino: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna (…) y el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17b).

Conocer a Jesucristo es conocer el misterio de Dios, porque sólo Jesús es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Por eso dice Jesús: «Nadie va al Padre si no es por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre» (Jn 14,6b-7). Porque nadie va al Padre si no es por medio de Jesús, conocer a Jesús es siempre obra del Espíritu Santo, el gran donde la Pascua, que Dios nos envía por medio de Jesús resucitado y glorificado junto al Padre. Para poder ir al Padre por medio de Jesús necesitamos creer en él, tener fe en su misterio divino, en que hemos sido redimidos en su sangre, que es la sangre de la alianza nueva y eterna, que ha sido «derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,28).

Es necesario creer que Jesús es el Hijo de Dios; y creerlo así, esta fe, es obra del Espíritu Santo en nuestros corazones. Es así, porque en palabra de Jesús: «nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27).

Queridos confirmandos, hoy recibís el Espíritu Santo, que acrecentará en vosotros el conocimiento de Jesús y os unirá estrechamente a él, insertándoos con mayor fuerza y cohesión en su cuerpo místico, que es la Iglesia. El Espíritu Santo fortalecerá y robustecerá vuestra fe en Cristo, por medio del cual se os abre el misterio de Dios que es amor y misericordia, vida que nos colma de alegría, al ofrecernos el verdadero sentido de la vida, porque venimos de Dios y a él estamos destinados, pues como dijo san Pablo en el sermón de Atenas citando un poema de los griegos: «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28).

Vosotros venís preparándoos para este momento durante tiempo, para recibir el sacramento de la confirmación y ser sellados con el don del Espíritu Santo; para recibir la unción con el santo Crisma, el aceite perfumado que exhala el aroma que significa y concede el aroma espiritual de Dios que es el Espíritu Santo. Esta señal que hoy recibís marcará para siempre vuestras vidas como cristianos, discípulos de Cristo en un mundo y bajo la fuerza de una cultura que se alejan de Dios y de nuestra tradición cristiana. No os será fácil mantener vuestra identidad de cristianos y necesitaréis la fortaleza que os da el Espíritu para permanecer fieles a la fe que profesáis; y, más aún, para comunicarla a los demás sin plegaros a las exigencias de los hombres que os puedan apartar de Dios.

Para que sea así, y seáis permanente morada del Espíritu Santo os encomiendo hoy a la santísima Virgen, madre de Cristo y, por eso Madre de Dios Hijo, y también como don que de ella nos hizo Jesús desde la cruz, madre espiritual de la Iglesia. Ella fue siempre fiel al designio de Dios sobre ella, y fue la mujer en la que el Espíritu obró la encarnación del Hijo de Dios: por medio de ella Dios viniera a habitar entre nosotros. Que la Virgen María os proteja con su amor maternal, para que Cristo Jesús os guarde como discípulos suyos en la anchura de su sagrado Corazón.

Iglesia parroquial de san Juan Evangelista

Alhabia, 11 de junio de 2017

                                   X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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