Textos bíblicos: Is 52,13-53,12; Sal 30,2.6.12-13.15-17.25; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1-19,42

         Queridos hermanos y hermanas:

         Conmemoramos en esta liturgia del Viernes Santo la muerte del Señor, sin que celebremos la Eucaristía. Cada domingo, y a lo largo de la semana, la celebración de la Misa es conmemoración de la muerte y resurrección del Señor. Ni hoy ni mañana celebra la Iglesia la Eucaristía, expresando de esta manera cómo los sacramentos de la Iglesia, y de modo singular la Eucaristía son un don de la Pascua de Cristo, un don que el Resucitado entrega a la Iglesia de forma inseparable con el derramamiento del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente. Cada vez que celebramos la Eucaristía anunciamos la muerte del Señor hasta que él vuelva, y ambos acontecimientos son inseparables: muerte y resurrección de Jesús.

         San Pablo dice en la carta a los Romanos que Jesús nuestro Señor, que «fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación» (Rom 4,25). Todo lo que aconteció con Jesús fue voluntad de Dios que aconteciera, por eso Jesús se nos muestra en la historia de su Pasión siempre dueño de sí mismo. En el evangelio de san Juan leemos que cuando Jesús se acudió al Jordán para ser bautizado por Juan Bautista, éste le señaló como «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). El Bautista habla así de Jesús viendo cumplida en él la profecía de Isaías, que habla de los sufrimientos del Siervo de Dios. En los cánticos del Siervo de Dios que encontramos en el libro de la Consolación de Isaías, se encuentra el fragmento que hemos leído esta tarde como primera lectura de la palabra de Dios. Se trata de un fragmento que forma parte del cuarto cántico del Siervo de Dios, a cuya luz comprendemos lo que quiso decir el Bautista cuando identificó a Jesús con el Siervo de Dios que sufre como cordero inocente que va a ser sacrificado.

Sin embargo, Jesús no es arrastrado a una muerte no querida; en la historia de la Pasión que acabamos de escuchar, estamos ante la narración de una muerte profetizada y aceptada. Jesús asume voluntariamente su muerte como designio de Dios para él; y es así como se cumple en Jesús la profecía de Isaías: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca» (Is 53,7).

         En el evangelio de san Juan, en el pasaje donde Jesús se refiere a sí mismo y su misión pastoral como enviado del Padre, Jesús habla alegóricamente de sí mismo como el buen pastor, enviado del Padre para rescatar la grey y arrancarla de la opresión y venalidad de los malos pastores, que ante el peligro del lobo abandonan el rebaño. En el contexto de su discurso, dice Jesús: «Yo soy en buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas (…) Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre» (Jn 10,11.17-18).

         Estas palabras de Jesús son de hecho una alegoría de a su misión y con ellas Jesús se refiere a su muerte, asumida con soberana libertad por ser designio de Dios. Así lo podemos ver a propósito de la amonestación que Pilato le hace por su negarse a responder a sus preguntas: «A mí no me hablas? ¿No sabes que yo tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte? Jesús, ya cercano el desenlace de la sentencia, y dueño de sí, responde al prefecto romano:  No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti, tiene un pecado mayor» (Jn 19,10-11).

A pesar de que Jesús suplicó al Padre que, si era posible, pasara el cáliz de su pasión sin beberlo (Mc 14,36; Mt 26,39; cf. Hb 5,7), Jesús ha aceptado plenamente el designio de Dios Padre sobre él, la voluntad del Padre es la voluntad del Hijo, porque como ha declarado a los judíos: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30); y en la Cena dirá a Felipe: «el que me ha visto a mí ha visto al Padre (…) ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?» (Jn 14,9.10).

En la historia de la pasión según san Juan, aparece Jesús en su majestad, soberano de cuanto acontece, manifestando que la pasión es voluntad del Padre y él, el Hijo eterno hecho carne, la hace suya con obediencia plena. Jesús recorre libremente el camino que le lleva a la cruz y cumple así cuanto estaba ya anunciado sobre él en las Escrituras. Los autores del Nuevo Testamento han acudido al Antiguo Testamento para dar razón de los dolores de aquel que, por su resurrección de entre los muertos, se ha revelado «constituido Hijo de Dios con poder» (Rom 1,4).

Como podemos ver, queridos hermanos, la liturgia de la palabra de este Viernes Santo contempla en la pasión de Jesús al Siervo de Dios, al cual misteriosamente Dios «quiso triturarlo con el sufrimiento», y cargándolo sobre sí, el Hijo de Dios «entregó su vida como expiación» de nuestros pecados (cf. Is 53,10).

El autor de la carta a los Hebreos habla de los «ruegos y súplicas» que Jesús elevó con «poderoso clamor y lágrimas ante aquel que podía librarlo de la muerte» (Hb 5,7), para decir que Jesús, en plena comunión con Dios y con nuestra humanidad, «siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia» (Hb 5,8) y Dios llevándolo así a la perfección, hizo de su obediencia «causa de salvación para todos los que le obedecen» (Hb 5,9).

A nosotros nos cuesta muchas veces comprender la voluntad de Dios, por eso hemos de tener presente que tenemos un sumo sacerdote que como cabeza del cuerpo místico de la Iglesia va delante; y con su ejemplo, nos invita a seguirle por el camino de la obediencia a la voluntad de Dios. Dice san Pedro, tomando como referencia un pasaje del cántico del Siervo de Dios, que Jesús era inocente y cargó sobre sí nuestros pecados, para que nosotros, «muertos a nuestros pecados viviéramos para la justicia» (1 Pe 2, 24). El apóstol san Pablo contempla la encarnación del Hijo de Dios y su dolorosa pasión como abajamiento y humillación hasta la muerte en cruz, que Jesús acepta por amor al Padre y para manifestar con su obediencia el amor de Dios. Una lógica que a nosotros nos es difícil comprender, inclinados al mal por el pecado.

A veces pensamos que Dios no nos escucha, pero Dios nos escucha siempre, aunque no nos libre del sufrimiento que padecemos en determinadas situaciones. Dios somete nuestra fe a la dura prueba de ocultarse tras el silencio, como si no existiera. En la historia de la pasión de Jesús, Dios nos enseña a poner en él nuestra confianza y creer firmemente que siempre y en todo momento es nuestro padre. El relato de la pasión nos propone a Jesús como verdadero y definitivo modelo de humanidad: después de ser azotado y coronado de espinas Pilato presentó a Jesús ante la multitud que, enardecida, le vituperaba y pedía su muerte. Pilato les dijo: «Aquí tenéis al hombre» («Ecce homo») (Jn 19,5), pero no sabía que decía algo que sobrepasaba su propio lenguaje, porque estaba mostrando al mundo al hombre conforme a la mente de Dios, «el hombre nuevo creado según el ideal de Dios en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4,24). Mostraba Pilato sin saberlo aquella obediencia de Cristo que nos trajo la salvación.

Pidamos la intercesión de la Virgen Dolorosa, e imitemos su fortaleza para saber aceptar las cruces de la vida, y mantener la fe que a ella la mantuvo junto la cruz de Jesús, hasta que éste expiró diciendo: «Está cumplido» (Jn 19,30). Porque creyó y esperó, Dios la glorificó asociándola a la resurrección de Jesús, como la asoció a su pasión. María estaba junto a la cruz acompañada por el discípulo al que Jesús tanto quería y a quien Jesús la dio como madre para que su maternidad nos alcanzara a todos. Que ella nos asista para mantenernos junto a la cruz de Jesús con fe en la resurrección, la fe que alimenta la esperanza, e inspira la caridad.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

14 de abril de 2017

                                   Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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