Lecturas bíblicas: Ez 37,12-14; Sal 129,1-8; Rom 8,8-11; Jn 11,1-45

Queridos hermanos y hermanas:

Hace tiempo que deseaba encontrarme con la comunidad parroquial de Rioja, que con tanta ilusión recibe hoy al Obispo diocesano. En distintas ocasiones se ha tenido que posponer por deseo de sus párrocos, para poder llevar adelante la reforma de la iglesia parroquial, cuyas obras ya concluidas, al menos en una primera fase, hoy inauguramos. He dicho una primera fase, porque sé que no han abandonado la idea de contar con un nuevo altar, que en cuanto esté terminado podremos consagrar.

Lo importante hoy es el encuentro de la comunidad parroquial con el Pastor diocesano y de éste con la comunidad que celebra la fe en esta vieja iglesia y en ella escucha la proclamación de la Palabra de Dios y acude a la celebración del sacrificio eucarístico cada domingo, el ara y la mesa en la que el sacrificio de Cristo en el Calvario, su muerte y resurrección, se hacen presentes; la mesa del banquete eucarístico, donde el padre nos reúne para hacernos partícipes del alimento de vida eterna que es el Cuerpo y la Sangre del Señor, que se entrega por nosotros.

Entramos hoy en la última semana de Cuaresma, y nos acercamos a la celebración de la Semana Santa, cuyo centro o núcleo es el Triduo pascual, que va desde la Misa en la Cena del Señor en la tarde del Jueves Santo a la Vigilia pascual en la noche del Sábado Santo. Estos tres últimos domingos tienen un denso contenido bautismal, ya que la Cuaresma es tiempo de especial memoria del bautismo de quienes fuimos bautizados de infantes, y de particular preparación para los adultos que se bautizan con uso de razón y por decisión personal como punto de partida. Todos los años se bautizan así en nuestra diócesis una veintena de adultos y bastantes niños, de la llamada infancia madura, que en edad escolar no han sido bautizados, también bastantes adolescentes y algunos jóvenes.

Los evangelios de estos domingos tienen, por esto mismo, una fuerza especial. Con su lectura y explanación en la homilía y en las catequesis trata la Iglesia de presentar el bautismo como aquello que de verdad es: el sacramento de la fe, mediante el cual somos integrados en la comunidad de la Iglesia como medio de inserción en Cristo. Así, después de presentarnos a Jesús en el desierto el primer domingo de Cuaresma, sometido a las tentaciones del demonio, de las cuales sale victorioso, para ejemplo nuestro y para alentarnos en el combate de la vida cristiana, la Iglesia nos coloca ante el misterio de la Transfiguración del Señor, para indicarnos que aquel que se entrega a la muerte por nosotros es el hijo eterno de Dios, que resucitará de entre los muertos después de padecer, y que este padecimiento es revelación del misterioso amor de Dios, que nos ha entregado a su propio Hijo para que nosotros encontremos en él la salvación. El camino de la cruz es un camino que Pedro y los apóstoles no comprenden hasta que resucite de entre los muertos. Sólo entonces, recordando las palabras de Jesús, verán que la cruz del Señor es el camino hacia la glorificación del Resucitado.

El domingo tercero de Cuaresma veíamos a Jesús en diálogo con la samaritana, que no comprende muy bien qué agua es la que Jesús puede darle, que quiete para siempre la sed, pues Jesús no tiene con qué sacar el agua del pozo de Jacob, a donde ella ha acudido a buscar agua. Jesús le dirá que el agua que él le puede dar es el agua del Espíritu Santo, mediante el cual se regenera el que tiene fe. El bautismo requiere la fe y otorga al perdón de los pecados al pecador arrepentido; es una configuración sacramental con la muerte y resurrección de Jesús. Por el bautismo los que con fe se bautizan reciben el perdón de los pecados y la vida nueva que anticipa la resurrección. EL Espíritu significado en el agua es el que transforma en una criatura nueva a los que se bautizan, haciéndoles participar de la muerte de Jesús y de su resurrección de forma mística y sacramental: sumergirse en el agua y salir de ella purificado es el signo ofrecido en la fuente bautismal a cuantos a ella acuden. Salir de la fuente bautismal con el firme propósito de rehacer la propia vida y vivir conforme a los mandamientos de Dios.

Los antiguos padres de la Iglesia hablaron además del bautismo como “iluminación” del que se bautiza. Es lo que pone de manifiesto el evangelio del cuarto domingo de Cuaresma. El ciego de nacimiento es un signo del misterio interior de la iluminación de la fe en el alma ciega por el pecado. Llegamos así al evangelio de este domingo quinto de Cuaresma, en el que el evangelista narra cómo Jesús resucitó a su amigo Lázaro, llevando a los testigos a descubrir el misterio de su propia persona: Jesús mismo es la resurrección y la vida. En el diálogo que mantiene con Marta, hermana de Lázaro, que llena de dolor le dice a Jesús que la muerte de su hermano no se hubiera producido si Jesús hubiera estado allí. Cuando Jesús le dice que resucitará, ella entiende que, en efecto, resucitará en la resurrección final, en la que ella también creía como los fariseos piadosos de su tiempo. Jesús, sin embargo, no se refiere a la resurrección final, sino a la resurrección de su hermano que anticipará la plena revelación de Jesús en su resurrección gloriosa. Le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11,25).

Los profetas habían hablado de la resurrección de Israel, refiriéndose a la reconstrucción nacional tras el destierro. Así lo hemos escuchado en Ezequiel: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel (…) os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago» (Ez 37,12.14). La resurrección era todavía un lenguaje metafórico referido al retorno a la patria después de la cautividad; pero la fe en la resurrección se fue abriendo camino en la sabiduría revelada del pueblo elegido, particularmente los dos siglos anteriores a Cristo. Esta fe es ya plena convicción en la crónica de los libros de los Macabeos (cf. 2 Mac 12,44-46). Jesús hablará de la resurrección refiriéndose a la misma idea de Dios y dirá que los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob están vivos para Dios concluyendo: el Dios de los padres «no es un Dios de muertos, sino de vivos» (Mc 12,27). Jesús confirma así esta evolución de la fe de Israel como pueblo de Dios. Cuando Ezequiel habla de que Dios sacará de los sepulcros a los muertos, anuncia la restauración material y espiritual de Israel, pero el poder de Dios no se detiene en la restauración de su pueblo, este poder del Creador se revelará con una contundencia singular en el desarrollo de la fe en la resurrección que Jesús confirma y hace depender de la fe en su propia persona. Al que cree en Jesús, Dios Padre le dará el Espíritu Santo, don que Dios derramará al resucitar a Jesús. San Pablo saca las consecuencias de la resurrección de Jesús, presentando a los Romanos esta convicción de fe: «Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros» (Rom 8,11). La restauración de Israel es la resurrección de un pueblo cautivo y sometido, pero la palabra profética apuntaba más allá, aunque sólo el proceso histórico de la fe irá poco a poco afianzando al pueblo de Dios en la fe en la resurrección de los muertos.

La fe que lleva al bautismo anticipa en el que recibe el bautismo la resurrección final que espera el creyente. Esa regeneración interior, que trae consigo el bautismo, dando muerte al hombre viejo, al Adán pecador, y llevando al bautizado a la vida nueva de la resurrección, que es la vida que da el Espíritu santificador es el contenido de fe que el catecúmeno, el que se prepara para el bautismo, debe tener presente para poder recibir el sacramento de la fe. Por esto mismo, esta fe es la que la Cuaresma tiene que renovar en nosotros, fortalecerla haciendo memoria de nuestro bautismo y de las promesas que renovaremos la noche pascual.

Jesús resucita a Lázaro para que vean los testigos que él es el enviado del Padre, aquel a quien Marta confiesa diciéndole a Jesús, que le pregunta si cree: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,27). Sin esta fe no es posible recibir el bautismo. La gracia del bautismo no es un derecho, sino un don de Dios, y nadie puede recibirlo si no está preparado. Por eso, quien ha recibido el bautismo de niño debe ser educado en la fe de la Iglesia hasta hacer propia la confesión de fe. La nueva evangelización de la que nos han hablado los últimos Papas, llamándonos a ella, a la tarea difícil de proclamar el evangelio mediante nuestra vida, con palabras y obras, mediante la rectitud de una conducta acorde con el Evangelio, pasa en nuestro tiempo pasa por el testimonio personal y comunitario de los cristianos.

No podemos separar la fe de la vida, ni privatizar la fe como si se pudiera confundir con la simple libertad de pensamiento o de creencias. Es preciso dar testimonio teniendo en cuenta que la fe abarca la vida y determina la conducta privada y pública del cristiano. No todo lo que es legal es moral, ni todo lo que se piensa hoy como cultural y políticamente correcto es algo que pueda validarse como moralmente cristiano. La conversión exige de nosotros fidelidad a Cristo y al Evangelio, y esta fidelidad pasa por los mandamientos divinos y la ética cristiana.

Al obispo le corresponde confirmar en la fe, fortalecer y sostener la fe de la comunidad eclesial diocesana, de la cual es cabeza visible como sucesor que es de los Apóstoles. Este es mi propósito con esta visita pastoral, fortalecer vuestra fe, animaros a dar testimonio de ella, estimularos a entenderla mejor y a practicarla con fidelidad; a celebrarla con amor, porque mediante los sacramentos recibimos aquello mismos en lo que creemos y esperamos alcanzar plenamente cuando se consume nuestra vida en Dios y vivamos con él para siempre.

Quiera el Señor y Redentor nuestro Jesucristo que nunca dejemos de creer que en él Dios ha obrado nuestra resurrección. Que la santísima Virgen, que lloró la muerte de Jesús y con él sufrió por nosotros, interceda para que esta fe no se apague en los cristianos, porque de la fe en la resurrección depende el testimonio de una esperanza trascendente, que es la esperanza en la vida eterna.

Iglesia parroquial de Santa María

Rioja, 2 de abril de 2017

                                       Adolfo González Montes

                                               Obispo de Almería

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