Sr. Delegado episcopal para la Vida consagrada;

Queridos miembros de la Vida consagrada: de los Institutos de vida religiosa masculinos y sobre todo femeninos, Sociedades de vida apostólica; Institutos seculares y Asociaciones de fieles de vida consagrada;

Religiosas de Vida contemplativa, que tenemos presentes y las que haremos llegar estas breves palabras:

         Es expresión de la comunión eclesial de nuestra Iglesia particular que agradecemos a Dios contar con un encuentro como éste que tenemos por Navidad las personas de Vida consagrada y el Obispo diocesano. Un encuentro para felicitar al Obispo diocesano y recibir su felicitación para todos cuantos han hecho de la vida de consagración una entrega vocacionada a todo aquello que mira a Dios. Vuestra vida es una entrega a Dios y siempre acompañada por el generoso servicio a los hermanos en tareas bien distintas, que responden a carismas fundacionales diversos, si bien se podrían agrupar en unos pocos de características suficientemente abarcadoras.

         Me detengo brevemente en algunos de estos carismas. Es el caso de las órdenes y congregaciones surgidas fundamentalmente para dar cauce a la enseñanza y educación católica de la infancia, adolescencia y juventud. Un carisma que no podemos en manera alguna abandonar; y aunque es cierto que la educación católica ha tenido una historia compleja y desigual, si se considera toda su trayectoria histórica. Todavía es reciente el establecimiento de financiación pública de los colegios de la Iglesia concertados con el Estado, pero la enseñanza católica privada se afianzó en la sociedad financiada por los padres de los alumnos, de suerte que a ella tenían fundamentalmente acceso las clases media y alta, aunque siempre hubo bolsas y becas que ayudaban un buen número, si bien limitado, de alumnos sin recursos. No obstante, no es menos cierto que un número muy significativo de fundaciones surgieron con el fin primordial de la educación para los hijos de los más pobres y necesitados de la sociedad. No es otro el origen de muchas órdenes y congregaciones, porque la consagración de una vida a la enseñanza y la educación íntegra de la persona es una vocación y carisma que tiene la finalidad de convertir el evangelio en fuente de humanidad, progreso y bienestar, ayudando mediante la educación a la promoción de los más necesitados.

         Hoy, cuando gozamos de un ordenamiento jurídico que ampara constitucionalmente el derecho de los padres a elegir la enseñanza y educación de sus hijos, a pesar de los obstáculos puestos a la política de conciertos en nuestro país, no podemos nosotros dejar la enseñanza católica que tanto ha supuesto en la vida de los institutos religiosos en grupos de profesores, que aunque comparten en primera generación el ideario de órdenes y congregaciones, el dinamismo de la legislación laboral lleva por sí mismos a convertir la obra del carisma de la escuela católica en una empresa, sin duda competente, pero que progresivamente se va alejando de los ideales de enseñanza y educación de los fundadores. La búsqueda de la calidad de la enseñanza termina primando sobre los ideales de la escuela católica, hasta difuminar de tal manera la identidad de la misma que a veces es difícil diferenciarla de la escuela pública.

         Sucede lo mismo con otros carismas religiosos, como es el caso del amplio campo de la sanidad. Hospitales y centros residenciales de ancianos, centros de recuperación e inserción de personas discapacitadas. Son muchos los centros católicos de este género que han ido perdiendo capacidad de gestión propiamente religiosa, de suerte que la gestión ha quedado, del mismo modo que un importante porcentaje de colegios católicos, en manos de terceros limitándose los religiosos a dirigir la empresa sanitaria de que se trate.

Estos grades proyectos educativos, como la escuela católica; y sanitarios, como es el caso de los hospitales confesionales, se encuentran hoy en dificultad. En el origen de esta dificultad no está tanto la legislación que ampara los centros concertados, aun cuando los obstáculos con los que tropieza la labor de los religiosos no cesa; cuanto la carencia de vocaciones a la vida en religión. Sobre esto sí tenemos que reflexionar en profundidad. No basta decir que Dios providente nos prueba y nos purifica, para no hacer nada para paliar la situación, al menos para lograr un diagnóstico objetivo de lo que nos pasa.

La vida cristiana ha perdido suelo social y cultural, lentamente avanza la secularización y desaparecen los contextos propicios para las vocaciones. Son ya muchas las familias que no transmiten la fe y los niños, pocos, son educados en el supuesto erróneo de que, cuando sean mayores de edad, podrán elegir con libertad; o de la forma más común, crecen los niños en un clima en el que la religión sólo conserva algunos elementos que perviven en al diversas manifestaciones folclóricas o culturales, vagas y difusas en contenidos religiosos.

Por otra parte, no todas las parroquias y comunidades religiosas desarrollan una acción apostólica con miras a la captación de vocaciones sacerdotales y religiosas. Las causas son de diverso género, y entre otras a veces hay que buscar la causa de la escasez de vocaciones en la falta de coraje suficiente de las personas de vida consagrada para proponer un ideal de vida tan distinto al modelo que vida que propone la sociedad. Falta el coraje porque falta la convicción sobre la bondad de proponer la vocación sin paliativos; en definitiva, falta la fe en que Dios suscita las vocaciones mediante la acción del Espíritu Santo, y las sostiene con su gracia. Nos falta fe para atrevernos a romper con mentalidad evangélica los prejuicios sociales y culturales que frenan la propuesta vocacional.

En esta carencia de vocaciones tiene asimismo una gran importancia una cierta relajación disciplinar de la vida religiosa, que hoy se considera anticuada por parte de muchas personas religiosas en sus formas más identitarias. La atomización de las comunidades transformadas en equipos que, en muchos casos llevan una vida de inmersión plena en la sociedad, trabajando a veces en cometidos muy dispares, de forma que los miembros de un equipo se ven poco, faltando con ello la vida en común; y otros elementos sobre los que sería preciso reflexionar, son asimismo elementos de análisis de la crisis vocacional, ya que al quebrarse la visibilidad del carisma religioso, las personas que forman un equipo de vida religiosa dejan de ser punto de mira y atracción para la infancia y la juventud.

Cuando pierde visibilidad la identidad de las personas de vida consagrada, ésta deja de ofrecer novedad y su labor deja de ser polo de atracción; en definitiva, deja de ser un género de vida por el cual merezca la pena sacrificar todo por lograr con la vida de consagración un modo de ser y estar que merezca la pena. Cuando esto sucede, la vida religiosa ha dejado de ser reclamo de fascinación y seguimiento que conduzca hasta aquel que es la causa de la atracción: el mismo Cristo señor, cuya presencia en el equipo se hace transparente de las personas que lo forman y en la actuación de las mismas.

Teniendo todo esto delante de nosotros, podemos preguntarnos si no es comprensible el desinterés de muchos jóvenes ante la falta de visibilidad de la vida consagrada. Tal vez desencantados de lo que en algún momento ha podido ilusionarles como apertura a una vocación de consagración de vida, sean bastantes los que han podido preguntarse si no sería mejor mantenerse como laicos conscientes de su fe y capaces de dar testimonio de la misma en las tareas propias del seglar que aventurarse por un estilo de vida sin rostro e identidad definidas y muchas veces tentado a convertirse principalmente en una asociación de beneficencia o de carácter altruista. Han podido, pues, preguntarse por la vida religiosa y responderse a sí mismos que no merece la pena romper con el propio estilo de compromiso eclesial para aventurarse en un proyecto de vida que ya se ha acreditado como una salida malograda.

Hay comunidades religiosas que ante la escasez de vocaciones y en progresivo e inexorable envejecimiento de sus miembros se consuelan diciendo que, sin duda, es designio de la Providencia que mueran institutos religiosos que han cumplido su función en la Iglesia, resignándose a no hacer nada esperando que otros cojan el relevo. Cuando veo estas comunidades y oigo estos razonamientos, me pregunto si no les faltará fe han dejado de creer en la palabra revelada de Ana, madre de Samuel, que alborozada por recibir de Dios un hijo en la ancianidad canta exultante con el salmista: «Mi corazón se regocija por el Señor, / mi poder se exalta por Dios; /mi boca se ríe de mis enemigos, / porque gozo con tu salvación (…) la estéril da a luz siete hijos, / mientras la madre de muchos queda baldía» (1 Sam 2,1.5). Ana da gracias y bendice a Dios con el salmista, cuando afirma en incisiva imagen de lo real, acontecido en la historia por el poder y la gracia divina, que cambia el vientre de las estériles para que venturosamente den a luz (cf. Sal 113,9; cf. Lc 1,36).

Queridos religiosos y religiosas, amigos todos de la Vida consagrada: la encarnación del Verbo y su vida oculta fue preparación para salir a la escena de la historia de la salvación, y llevar a culminación en el misterio pascual el ministerio de nuestra redención. Jesús, que pasó como un hombre más, sostuvo en su vida pública aquel modo de estar y hacer que suscitó el movimiento de adhesión a su persona que llevó a los apóstoles y santas mujeres, a todos sus verdaderos discípulos al seguimiento apasionado de quien, sin embargo, había venido como piedra de contradicción según lo reveló la profecía de Simeón: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción…» (Lc 2,34b). Por eso, que la vida religiosa y de consagración en los diversos estados, el religioso propiamente dicho y el de las personas de vida consagrada inmersas en la secularidad, adquiera visibilidad objetiva, dada por la práctica de los consejos evangélicos, lleva consigo su también visible conversión en piedra de contradicción. No podéis tener miedo a que suceda así, porque forma parte sustantiva del carácter escatológico de la vida consagrada. Os animo afrontar esta hermosa realidad de la consagración de vida que acrecienta el carácter significante de la Iglesia como comunidad de salvación.

Gracias de corazón por vuestra felicitación. También yo felicito a todos y a cada uno de los miembros de la vida consagrada y les encomiendo en la oración. Rezad todos por mí. Que Dios os pague vuestro servicio en la Iglesia diocesana. ¡Feliz Navidad!

Auditorio Diocesano Juan Pablo II

Almería, 28 de diciembre de 2018.

                  + Adolfo González Montes

                           Obispo de Almería

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