Queridos diocesanos y amigos que estos días veraniegos pasáis un tiempo de descanso con nosotros en esta costa mediterránea:

        1. «He aquí la morada de Dios con los hombres». Cuando alguien trata de definir una iglesia la definición más socorrida y pronta para ser citada como tal es esta: «la iglesia es la casa de Dios». La explicación es asimismo fácil de obtener: Dios está en todas partes, es omnipresente, pero en la iglesia tiene una presencia singular, porque en ella el cristiano se encuentra con Dios. ¿Cómo se produce este encuentro? Dios sale al encuentro del hombre en su Palabra, proclamada en la celebración dominical de la Misa. Dios se hace particularmente presente en la persona divina de su Hijo, hecho hombre por nosotros y que nos ha prometido estar siempre con sus discípulos hasta el final de los tiempos. En verdad, Jesús es la Palabra de Dios hecha carne de nuestra carne y, porque es al tiempo que hombre verdadero Hijo de Dios, una vez resucitado de entre los muertos ha querido prolongar su presencia de un modo especial en el sacramento de la Eucaristía.

La Misa es sacramento de la presencia de Cristo en los dones consagrados: el pan y el vino que vienen a ser Cuerpo y Sangre del Resucitado, que se hace presente con su sacrificio redentor en cada celebración de la Misa. Justamente, para dar cabida a la celebración de la Misa, la comunidad cristiana necesita el templo, una casa donde Dios deje sentir su singular presencia saliendo al encuentro de cuantos anhelan su presencia. Dicho de otra manera: la iglesia, construcción de piedra y otros materiales, se hace necesaria para que todo en ella evoque la presencia de Cristo resucitado y glorioso, que viene y nos convoca, que llama a sus discípulos y les dice: «He aquí la morada de Dios entre los hombres y ellos serán su pueblo y Él, Dios-con- ellos, será su Dios» (Ap 21,3).

Son las palabras que resuenan mientras desciende del cielo la nueva Jerusalén, contemplada por el vidente del libro del Apocalipsis. Cuando la comunidad cristiana es congregada por la palabra de Dios, en ella Dios ofrece al mundo el anticipo de la Jerusalén celestial, de la morada eterna de Dios con los hombres, porque todo en la iglesia es signo y sacramento de la entrega que Dios hace de su Hijo para la salvación del mundo. Jesús, Camino por el que se va al Padre (Jn 14,6); y Puerta por la que se entra en la morada de Dios (Jn 10,9), nos invita a transitar por él y llegar así al Padre.

        2. Significado sacramental de una iglesia. La iglesia de una sola nave acoge en ella a la asamblea reunida para la celebración de la Misa, y aun cuando tiene hasta tres naves, a las que se añaden las capillas que se abren en los muros laterales, la asamblea ocupa la nave central, que desemboca donde todo converge: el presbiterio, que recibe su nombre por ser el lugar destinado a los ministros ordenados: los presbíteros que presiden la Eucaristía. El presbiterio es la capilla mayor del templo y a él se accede en las iglesias históricas, por lo general, por el llamado arco toral, que evoca el arco de triunfo de la antigüedad clásica. Por este arco se accede a la meseta del presbiterio, donde acontece la “puesta en escena” de la victoria de Cristo sobre la muerte. Jesús, una vez glorificado por Dios Padre se hace presente en el sacrificio eucarístico de la Misa con su muerte y resurrección.

En la meseta del presbiterio, ligeramente elevada sobre la nave central, tiene lugar la celebración sacramental por excelencia de la fe, que es la cena del Señor o Eucaristía. Por eso, sobre el presbiterio todo se halla dispuesto para la celebración de la Misa, centro y culmen de la vida cristiana. El punto en el que convergen las naves abiertas a la capilla mayor por el crucero de un templo cristiano, el presbiterio acoge el altar, la pieza fundamental de una iglesia. Construido de piedra y materiales nobles, el altar representa la piedra angular del edificio espiritual que Dios construye con las piedras vivas que son los bautizados, para componer el cuerpo de Cristo, del cual el mismo Jesús es la cabeza.

Así, entrando por el bautismo en esta construcción espiritual, los cristianos pasan a formar parte de la asamblea que tiene su lugar propio en el templo. Entre todos los templos de la Iglesia diocesana, la iglesia Catedral se convierte por su significado y su función en el corazón del pueblo convocado por Dios, congregación de todos los fieles cristianos. Una multitud que se dilata y dispersa sin quebrar su unidad en comunidades repartidas por la geografía diocesana, que se reúnen en la iglesia de cada una de las parroquias. La comunidad cristiana se reúne en la iglesia para escuchar el Evangelio y para celebrar la fe que profesa; y es así como la casa de Dios se convierte en «casa para la congregación en asamblea de los fieles cristianos».

Cualquiera puede entender cuál es el fin principal de una iglesia y cómo todo ella evoca la realidad de aquello que se celebra: el misterio pascual de Cristo, el memorial de nuestra redención, que nos salva y se extiende a toda la Iglesia diocesana por el ministerio de los sacerdotes, de domingo a domingo, en la celebración cotidiana de la Eucaristía durante toda la semana.

       3. Celebrar en la iglesia y vivir la fe. Con la Misa, la iglesia acoge todo el culto litúrgico cristiano: la predicación, cuya expresión litúrgica más propia es la homilía dentro de la Misa o en la celebración de los sacramentos y sacramentales: los sacramentos de la iniciación cristiana (bautismo, Confirmación y Eucaristía), los sacramentos de estado o consagración especial (Matrimonio y Orden), y los sacramentos de sanación (Penitencia y Unción de los enfermos). Cuando es posible, todos se administran de modo propio en el marco y desarrollo de la celebración de la Misa. En la iglesia tiene lugar la celebración de la liturgia de las Horas, el canto de los salmos y la oración de alabanza, súplica de perdón e intercesión, sobre todo en las iglesias monacales y conventuales, y en los coros de las catedrales.

También algunas de las devociones consagradas por la tradición tienen lugar en la iglesia, como sucede con algunas de las más practicadas: predicaciones de tiempos litúrgicos fuertes (Adviento, Cuaresma), la predicación de los Ejercicios espirituales, la práctica de los novenarios que preceden a las fiestas patronales; y aquellos actos de piedad consagrados por la devoción popular, como el santo Viacrucis y, la más común de las prácticas devocionales como es el santo Rosario.

Ciertamente la predicación y los sacramentos, y prácticas devocionales pueden celebrarse fuera de la iglesia, pero la iglesia, sobre todo la iglesia parroquial, es lugar propio donde la asamblea cristiana tiene su casa, que siendo casa de Dios se hace casa de los hombres, para que adelanten en la tierra la morada que esperan alcanzar en el cielo.

La fábrica de la iglesia nueva da cabida a los feligreses que, por su testimonio de pueblo de Dios en marcha, y por su permanente capacidad de convocatoria, hace visible que Dios tiene casa entre los hombres y esta casa de Dios anticipa la morada celestial que se adelanta ya en la comunidad parroquial convocada por el Evangelio.

¿Cómo no pediros vuestra ayuda para que la casa de Dios y de los hombres, levantada sobre la piedra angular que es Cristo, acoja a los que Dios llama para formar parte de la gran familia de hijos de Dios? De vuestra generosidad depende las comunidades cristianas dispongan de una iglesia y un complejo parroquiales como los que hoy necesitamos, donde celebrar y enseñar la fe, acoger y orientar la vida de los hombres.

Con mi afecto y bendición.

Almería, a 19 de agosto de 2018

                 

                                   + Adolfo González Montes

                                             Obispo de Almería

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