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Hijo de una familia de artesanos hileros, recibió las aguas bautismales en la Iglesia Parroquial de san José de Almería. Su padre confeccionaba cabotajes para armadores y pescadores del puerto almeriense, y a pesar de que estaba preocupado por su porvenir, porque deseaba que continuara el negocio familiar, el Siervo de Dios siempre vivió con intensidad la Fe y su llamada a consagrarse a Dios.

 

Ingresó en el Seminario de san Indalecio, donde trabó una gran amistad con el Siervo de Dios don Rafael Román Donaire, también Mártir en esta Causa. En 1934 dejó el Seminario e ingresó en el Convento de los Padres Franciscanos de Orihuela deseando consagrarse al Señor en ese carisma como Hermano lego, y allí inició su periodo de formación como postulante, pues su anhelo de servir a Dios no mermaba, sino que aumentaba cada día.

 

Al iniciarse la Persecución Religiosa regresó a Almería, donde cumplió el servicio militar obligatorio. Una testigo ocular refiere que «el joven Salinas no tuvo miedo de dar, en varias ocasiones la cara por Cristo, manteniendo con firmeza sus criterios cristianos. Tampoco tuvo miedo de complicarse la vida en ciertas acciones muy arriesgadas e incluso heroicas.» En efecto, se valió de mil ardides para socorrer a los que en ese tiempo vivían en "las catacumbas de la ciudad": su amistad con los agricultores de la vega almeriense le facilitó participar en una labor en beneficio de encarcelados y familiares de perseguidos y escondidos, que eran asistidos por el conocido como "Socorro Blanco": gracias a su trabajo en la Alhóndiga del Mercado central y a su simpatía, no sólo recibió el encargo secreto de recoger y repartir por las calles y casas toda clase de alimentos para el cuerpo para mitigar las necesidades de sacerdotes y seglares perseguidos por ser cristianos, sino que el vicario Ortega lo autorizó a distribuir el Santísimo que nutría de esperanza el alma, ya que era un ejemplo de prudencia, fidelidad y virtudes cristianas.

 

Una vez denunciado, fue detenido y trasladado a Turón el tres de mayo de 1938. Con el objetivo de hacerle hablar para descubrir quién celebraba la Misa a escondidas y quiénes comulgaban y así delatar a sus socorridos, fue sometido a cruelísimas torturas. Pero su heroica caridad fue coronada por el martirio sufrido el veintidós de mayo de ese año, junto al laico y también mártir en esta Causa José Quintas. El humilde y valeroso siervo de Dios contaba con veinticuatro años de edad.

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