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La ciudad de Almería acogió su nacimiento, siendo bautizado en la Iglesia Parroquial de san Sebastián. Vecino del convento de las Hermanitas de los Pobres, su pronta vocación sacerdotal le hizo ingresar en el Seminario de Almería, donde superó los estudios con buenas notas.

Ordenado presbítero el diecisiete de mayo de 1916, dijo su primera Misa en la capilla del Manicomio el seis de junio. Enviado como coadjutor de Gérgal durante cuatro años, los siguientes ochos años fue párroco de san Francisco de Paula de Cuevas de los Medinas.

En 1928 regresó a Almería, como párroco de san José del Barrio Alto. Una niña de la época lo rememoraba así: «Celebraba la Misa con devoción, pausadamente; atendía a los fieles en el confesionario, predicaba todos los domingos y de forma sencilla, al alcance de la gente sencilla; daba catequesis a los niños; repartía muchas estampas para fomentar la devoción al Señor y a la Santísima Virgen. Hacía mucho apostolado en la parroquia y atraía la gente hacia la Iglesia y hacia Dios. El Barrio era, entonces, el mayor foco de pobreza de Almería – gitanos y pescadores – y los atendía muy bien. No era un hombre interesado, vivía modestamente, atendido por su hermana.»

Al inicio de la Persecución Religiosa siguió celebrando la Santa Misa hasta la misma mañana de su detención, que tuvo lugar en Los Molinos. Mientras era conducido a prisión gritaba: «¡Viva Cristo Rey!, ¡Señor perdónalos!» Junto a los Beatos Obispos de Almería y Guadix recibió la palma del martirio, a sus cuarenta y tres años de edad.

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