Una vez hemos entrado de lleno en el nuevo año, nos encontramos con el periodo habitual, en este tiempo, de las llamadas «rebajas» que saturan la necesidad de proveernos con anuncios incesantes. Llegan los más increíbles y suculentos descuentos en todo tipo de productos: ropa, electrónica, relojes, gadgets ridículos, libros que nunca se leerán, instrumentos que no se tocarán, animales que luego serán abandonados, incluso rebajas en productos bancarios, ¡qué curioso! Este ambiente de atracción publicitaria lo podemos encontrar en cualquier establecimiento, en el estímulo que nos ofrece el mercado por adquirir, a buen precio, eso que estábamos deseando. Todo cabe en el carro del súper si se trata de satisfacer los impulsos que sentimos. Ser para parecer, parecer para ser. Hablamos del materialismo imperante en este tipo de campañas, de nuestro uso o abuso, de lo necesario o de lo superfluo, de la compra responsable o de la adictiva, porque, a veces, y quizás sin pretenderlo, brindamos un inmerecido homenaje al materialismo.

En estas fechas puede resultar inevitable enfrentarse a las exigencias consumistas que nos impone la mercadotecnia y que hemos adoptado con singular pasividad. Comprar no nos hará más felices, al contrario, perseguir un estilo de vida basado en la ilusión del bienestar del consumo sólo nos aleja de la plenitud que creemos estar pagando. Comprar como estilo de vida resulta cerril, ya que las cosas que acumulamos pesan sobre nosotros. Compro luego existo. Mientras más cosas tengo más cosas me faltan, y así interminablemente. Incluso, basta echar un vistazo a las redes sociales para reconocer que hay algo saliéndose de control en nuestra forma de relacionarnos con el mundo.

Ofertas, liquidaciones, descuentos, rebajas sobre rebajas, días sin IVA, post black friday... La sociedad se ve afectada por este materialismo, lo que implica considerar las posesiones más importantes que incluso los propios valores, y sus efectos pueden ser no solo económicos, sino psicológicos. El materialismo se utiliza a veces como un símbolo de estatus, provocando que las personas compren artículos o bienes que no pueden pagar, y aunque es una fuerza motivadora en la actual economía mundial, puede erosionar nuestros valores y afectar a la verdadera aspiración de la felicidad humana. Así, enfermedades mentales, relaciones rotas y deudas impagables son el rastro que deja el materialismo a su paso. Las personas que tienen una visión materialista de la existencia no sólo son más solitarias, indiferentes, egoístas, sino menos empáticas y agradecidas. Este es el materialismo, que para funcionar nos aísla, que para sobrevivir lo consume todo, donde los consumidores terminan consumidos.

Debemos afrontar el riesgo de la pérdida del sentido común ante la ganga y promover un saludable equilibrio bajo esta «motivación materialista», que nos puede devorar y fagocitar desde dentro, valorando el locuaz sentido de moderación y siendo sensatos con lo que realmente necesitamos. Pero, ¡ojo!, tampoco debemos dar pie a que también sea un tiempo de «grandes rebajas del cristianismo», o lo que es lo mismo, de grandes rebajas en nuestros valores morales y espirituales, de rebajar nuestra identidad y compromiso cristiano. Nos jugamos mucho en ello, por lo que no todo debe de andar entre saldos y rebajas.

Jesús García Aiz

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