Recuerdo bien el día. Al finalizar una reunión de los padres de comunión, tomamos un vino en los salones parroquiales. Se acercó uno de los padres y me dijo que me había visto tocar la guitarra. Le pregunté si él la tocaba también: “Sí, pero la tengo un poco aparcada”. En seguida, le hice una proposición: “Necesito un guitarrista para formar un coro”. El me miró con ojos tristes y me dijo: “Yo no soy digno, Don Ramón. ¡Fui Heavy!”. Me emocionó su respuesta, porque conectaba a la perfección con las respuestas a las vocaciones bíblicas: “Soy un muchacho” (Jer,1), “Quién soy yo…” (Ex,3; Lc 1,43). Le dije que nadie somos dignos de las tareas del Evangelio, que todos tenemos un pasado, y quedamos para el viernes siguiente.

Poco a poco se fue formando el coro, se sumaron voces, se forjó una buena amistad, y Antonio sigue poniendo su indudable talento al servicio de la Belleza de Dios. La Iglesia necesitaba su arte, su corazón de otoño y su voz quebrada para poder vibrar cuando sus dedos acarician la guitarra.  Con él, se sumaron su mujer y sus hijas a vivir una experiencia de fe y comunidad que agradecen al Padre cada día.

Sin que Antonio sepa ponerle nombre (lo hago yo hoy en este artículo), aquel día recibió una LLAMADA. Siempre hemos imaginado la vocación de los apóstoles en el lago con rayos de sol reflejándose, y un Jesús con ojos azules y voz suave diciendo: “Venid y os haré pescadores de hombres”. Y a mí me parece que hay otras muchas llamadas más sencillas y cotidianas que nos invitan a poner nuestros talentos, lo que sabemos hacer al servicio del Reino de Dios. Son esas pequeñas invitaciones: “échame una mano”, “tú que sabes arreglar la puerta”, “acompáñame y descargamos estas cajas de alimentos”.

Es cierto que pensar que Dios tiene un sueño para mí es algo que, a la vez, ilusiona y asusta. Pero no somos un número, ni una oveja más en el rebaño. A los ojos del Padre tenemos nuestra propia huella dactilar. Seamos como seamos, con nuestras peculiaridades, nuestra forma de ser, de vivir o de amar… Él cuenta con cada uno de nosotros de una manera única y distinta. Para tocar la guitarra, cuidar a una madre anciana o escribir artículos…

Señor, nos llamas cada día, con susurro y con grito, infinitamente paciente. Tomo conciencia de mi llamada. Me asusta y sobrecoge, pero me invitas a vivir una vida con hondura y compromiso. Sé que soy un trasto, pero confío en que tu mirada sea más benévola que la mía propia. Sigue llamando a rockeros, intelectuales, artistas o personas “normalicas”, porque así, entre todos, y con tu fuerza forjaremos una humanidad nueva.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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