Hace un par de semanas, fui a Málaga a celebrar (sí, digo bien) el último ciclo de quimio de mi amigo Rafa. Llegué tarde y no pude almorzar con él, así que aparqué el coche y me tomé una cerveza con un trozo de pizza en un italiano pequeñito. Pasamos la tarde juntos, cenamos con algunos amigos y, a la mañana siguiente, me disponía a coger el coche de regreso, cuando… ¡Ay madre, la llave! Busqué a conciencia en la habitación y en la mochila sin éxito. Pensé que me la había dejado puesta, (a veces, me ocurre), llegué al coche con esa esperanza y… cerrado.

Pensé en todas las posibilidades de cómo hacer llegar una copia de la llave. Me tendría que quedar un día más, incumplir mis compromisos para esa tarde… todo un lío. Por fin, tuve una idea: a lo mejor me la dejé en el italiano. Llegué hasta la puerta y… cerrado por descanso del personal. En el portón había un teléfono (supongo que para pedidos o reservas). Llamé sin esperanza de respuesta, pero aún así, no perdía nada. Respondió una señora muy amable al otro lado del teléfono, le expliqué mi situación y me contestó: “chiquillo, estuvimos esperando toda la tarde a que vinieras. La tenemos nosotros guardada”. Le pregunté que si vivían cerca y me contestó que vivían en Fuengirola. A continuación, me dijo: “no te preocupes, vamos mi marido y yo a llevártela, que estarás apurado”.  Ya supondréis mi sensación de alivio y agradecimiento. No era posible que todo hubiera salido tan bien y que hubiera gente tan buena en el mundo.

Son los pequeños milagros de la vida. A veces, estamos esperando grandes signos de parte de Dios y no sabemos apreciar, que gestos como estos lo son. Y es que, de alguna manera, los milagros son cosas mucho más cotidianas y, al tiempo, admirables. El milagro es esa pareja cuando se desplaza, en su día libre, a traer la llave a un perfecto desconocido, que no va a tener la posibilidad de devolverle el favor. Los milagros son esas cosas que van más allá de la lógica humana o de una justicia contable. Los milagros son todas estas pequeñeces que proclaman a un Dios bueno que asiste al hombre cansado.

Una cosa más. Cuando me dieron la llave, les agradecí con todas las palabras que fui capaz su detalle y les dije: “Soy un sacerdote católico. No sé si son creyentes, pero, para mí, esto ha sido un pequeño milagro”. Ellos me miraron con ternura y me dijeron: “Padre, nos gustaría que nos bendijera”. Y así lo hice. Mientras estaba orando, veía como al señor italiano se le caían unas lágrimas. Le di un abrazo, me metí en el coche y entonces, fui yo, en el camino de regreso, quien se puso a llorar por tanto Amor recibido.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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