Llegamos a casa un domingo por la tarde y pensamos: “Tampoco he comido tanto, y muchas cosas eran verduritas a la plancha. Además, luego nos hemos dado un buen paseo”. La cruda realidad: te has puesto “morao” a patatas con huevos y caminaste 100 metros, te sentaste en un banco y volviste. Me encuentro con unas amigas después de una tarde de centro comercial y comenzamos a charlar: “he comprado dos o tres cosillas, pero eran un chollo”. Lo triste realidad: “necesito comprar ropa que no me hace falta y busco siempre cualquier excusa para hacerlo. A la semana siguiente, me veo el armario lleno de cosas que ni siquiera llego a estrenar”. Así andamos todo el día, amigos, haciéndonos trampas al solitario. Recuerdo, cuando de niño, aprendí a hacer solitarios. Siempre me decía: “dos cartas más no pasa nada”. Y, al final, buscaba la carta que necesitaba para completar la escalera, convencido de que lo había hecho correctamente.

Acostumbramos diariamente a caer en el engaño de disculpar nuestros fallos y a maquillar nuestra vida. Es cierto que somos muy sagaces en ver los engaños ajenos. Enseguida nos damos cuenta de que Andrés se ha zampado una bandeja entera de croquetas o que María se está pasando con el Vermut. En cambio, para nosotros solemos ser muy comprensivos, cuando no ciegos. Como el clásico refrán español: “consejos vendo y para mi no tengo”, todos hemos vivido alguna vez en la ceguera de no querer ver más allá de nuestros propios intereses.

Y es que estoy convencido de que necesitamos una persona espejo. Ese amigo o consejero que sabe ponerte de cara a la verdad. Que solo con mirarte (porque te conoce bien), sabe percibir cuando estamos auto justificándonos de algo, que sabemos que no es cierto. La Iglesia lo llama acompañante espiritual. Y tendría que ser de receta obligada para todos. Esa persona que, sin juicios, sabe escuchar y con una palabra sencilla te hace caer en la cuenta de tus autoengaños. Que no te da “consejitos”, sino que desde la sintonía, la acogida y la empatía, sabe ser sugerente y confrontar tu estilo de vida.

Escuchábamos el domingo pasado una promesa de Jesús: “Yo le pediré al Padre que os envíe el “Espíritu de la verdad”. Y bien falta que nos hace. Cántame, Señor, las verdades de mi vida, porque oídas de tus labios no sonarán a reproche, sino a amor que acepta sin condiciones. Dime cómo me ves. Tú sabes corregir con amor. Porque me conozco bien y sé que, si me dejas solo, me seguiré haciendo trampas al solitario.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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