Me gusta viajar. En el viaje, uno aprende a salir de sí mismo, de sus comodidades y rutinas, y se abre a nuevas gentes y culturas.  Hasta ahí, todo perfecto: fin de los violines. Pero, créanme amigos, que no hay mejor forma de enfadarse con una amiga o cuñado que yendo juntos de viaje. Y es que el verdadero aprendizaje de viajar es conocerse a sí mismo y a los que viajan contigo. En los viajes se retrasan los aviones 8 horas, hace calor y hay que andar hasta “donde se ha empeñado mi cuñada”, hay que compartir ronquidos y pactar restaurantes… Y es, en esas situaciones de cansancio y frustración, donde nos medimos como personas. Al amiguete del bar del barrio, que creías que era tan majo, luego lo ves dándote gritos porque estaban cerrados todos los restaurantes a la hora que llegasteis a la ciudad.

En el fondo, el viaje es una metáfora de la vida. Los deseos muchas veces se dan de bruces con la realidad y nos toca lidiar con la frustración. Generalmente, es en la infancia, cuando aprendemos a tolerarla. El niño quiere TODO YA y va aprendiendo a dilatar esos deseos, encajando que las cosas no suceden como uno quiere. Lo preocupante es que nos vamos haciendo mayores y todavía nuestro niño interior da patadas cuando las cosas no salen como habíamos imaginado. De hecho, uno de los mejores termómetros para evaluar la madurez personal es el nivel de tolerancia a la frustración. Como cualquier otra emoción, la frustración tiene que ser controlada y canalizada de manera positiva, de manera que la persona sea capaz de afrontar las dificultades y limitaciones que se presentan en el día a día.

Y lo tentador es verlo en los demás. También yo, cuando me pongo a mil por cosas insignificantes, cuando me dan las prisas, cuando me enfado tanto porque estaba cerrado el sitio al que había previsto ir, tengo que hacerme mirar cómo anda mi tolerancia a la frustración. Es cierto que, a veces, hay que enfadarse, pedir explicaciones, pero eso sí, sin perder en el camino la capacidad de encajar la parte de limitación que presenta la vida.

Abrazarse a la Cruz, perder para ganar, hacerse pequeño para ser grande en el Reino de los cielos, tomar la cruz de cada día… son frases que los creyentes escuchamos (y predicamos) a diario. Y podemos tener la tentación de que se queden en meros eslóganes o para grandes ocasiones. Y a mi me parece que la cruz se abraza cada vez que me toca pasillo en lugar de ventanilla o perdí el autobús porque mi compañero se paró a comprar un recuerdo, cuando no encontré el piso que quería o no me salieron las cosas como mi “niño mimado” interior deseaba. Porque, Maestro, es en las frustraciones diarias y vitales donde me enseñas la grandeza de tu entrega en la Cruz.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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