Terminamos este ciclo litúrgico celebrando que Jesucristo es «Rey», y sin embargo la liturgia nos propone una escena donde lo contemplamos revestido de debilidad, acusado ante Pilatos. Esta pobreza y fragilidad, llena de confianza en Dios y de libertad ante el hombre, es la que nos ayuda a entender cuál es la grandeza de su Reinado. Cuando empezó en Galilea su mensaje era que el Reino estaba cerca, que, de una vez por todas, Dios había decidido acercarse a nuestra vida, para hacernos sentir su salvación. El encuentro entre ese Dios misericordioso y la pobreza del hombre se produce en Jesucristo. Por eso, verdaderamente él es el Reino, porque él es Dios mismo salvando al hombre. Y ¿cómo salva nuestro Dios?

Para los romanos “rey” era sinónimo de emperador o jefe con todos los honores y poderes. Jesús es rey, y acepta este calificativo, pero su reinado es distinto. Podríamos decir que hay dos formas de influir en una persona; una es desde el poder, por la fuerza. La otra es desde el amor, desde sentir que eres importante para la otra persona, que no estás solo, que tu vida es grande para alguien. Si sentirnos amados por alguien que está a nuestro alrededor nos hace especiales, cuánto más curativo será ese amor si proviene de Dios mismo. Jesús es rey porque da pan al hambriento, se desvive por el pobre, cura a los enfermos, da esperanza al desvalido, rechaza el mal y busca la justicia y la paz, como recuerda la Biblia: «Dios hace justicia a los oprimidos, da el pan a los hambrientos,]…]protege al forastero, a la viuda y al huérfano sostiene […] Dios reina para siempre» (Sal.145).

En el dialogo de Jesús con Pilatos Jesús le dice que «mi Reinado no es de este mundo». Cuántas veces hemos mal interpretado esta frase, cuántas veces nos ha servido para reforzar la imagen de una fe que se aleja y que no se inmiscuye en las cosas del mundo para dedicarse a Dios, como si a Dios no se le encontrara en las cosas de este mundo. Pero es verdad que su reino no es de este mundo, porque no es fácil ver a un rey que se entretiene con los niños, que atiende a pobres y enfermos, que se detiene con toda clase de pecadores, y que dice que ellos son los escogidos de Dios. Es esta la tarea que hoy tenemos que continuar: anunciar que Cristo sigue transformando el corazón del hombre que se acerca a Él, para salvarlo. Él no nos ha dejado una doctrina que aprender, sino un camino que seguir: predicar y curar en su nombre. Y, si amamos como él, entonces también nosotros seremos «reyes».  

Con la reflexión de hoy llegó al final de este servicio de comentar el evangelio de cada domingo en los tres ciclos. No ha sido fácil. Escuchar la palabra de Dios aporta momentos de paz y unción, pero también nos desinstala, nos zarandea y recuerda cuanto camino queda por recorrer. Hoy es uno de esos evangelios que nos hablan de exigencia. Podemos pensar que lo conocemos, que hemos aprendido mucho sobre su persona, que tenemos trato con él, pero cuando se trata de reconocer su rostro confundido entre otros rostros, nos damos cuenta que no lo distinguimos con tanta claridad.

                                                              Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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