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Queridos sacerdotes y educadores de la fe de la infancia y la juventud;

Queridos diocesanos:

Dificultad de encontrar pastores

El IV domingo de Pascua está tradicionalmente vinculado a la estampa del Buen Pastor. La imagen de Jesús, cayado en mano, incluso con un corderillo en brazos, rodeado de las ovejas de su pequeño rebaño entra por los ojos y llega al corazón del creyente. Jesús es el buen pastor, más aún es el único pastor entre tantos que se presentan como tales, pero no lo son porque no dan la vida por sus ovejas. Para ser buen pastor hay que estar dispuesto a darse por entero hasta llegar a ser alimento de las ovejas que se pretende pastorear. Jesús refiriéndose a los malos pastores dijo de ellos que son asalariados que huyen ante el lobo sin defender el rebaño, no dudando en calificar a algunos supuestos pastores del pueblo ladrones y bandidos.

Vivimos tiempos en que es difícil encontrar pastores, porque las nuevas generaciones de jóvenes crecidos en la Iglesia, cuidados entre algodones por los educadores de la fe, sienten la atracción del ejemplo de pastores conocidos, pero cuya vida de generoso sacrificio contrasta con lo que un joven desea hoy para sí mismo. Un joven de hoy se preocupa sobre todo por la propia seguridad de futuro, la ausencia de cualquier contrariedad, la posibilidad de ensayar sin compromiso a la hora de comenzar a andar por un camino sin vuelta atrás, irreversible, que sólo es posible transitar si uno está convencido de que es posible tomar decisiones vinculantes para toda la vida.

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